Aquí tenéis una secuela con diálogos conmovedores y un final emotivo:

No todos los días.

Pero era suficiente.

Una tarde, la encontré sentada en el porche, viendo la puesta de sol.

Evan se sentó a su lado.

Sus hombros se rozaron.

Sin palabras.

Solo paz.

Mamá me tomó de la mano.

"¿Sabes qué es lo que más duele?"

La miré.

"¿Qué?"

Sonrió con tristeza.

"No los años que perdimos."

Fruncí el ceño.

"¿Y luego?"

Una lágrima rodó por su mejilla.

"Casi pasé el resto de mi vida creyendo que mi hijo nunca había vuelto a casa."

Miró a Evan.

Él le apretó la mano.

Entonces ella sonrió.

"Pero sí volvió."

El sol se ocultó en el horizonte.

Y por primera vez desde aquella llamada, nuestra familia no estaba reunida alrededor de una tumba.

Estábamos sentados juntos.

Vivos.

Sanando.

Y finalmente, di la verdad.