PARTE 2
Doña Teresa se levantó tan rápido que la silla raspó el piso con un chillido.
—¿Robando? Mide tus palabras, Daniel. Soy tu madre.
Daniel no se movió. Ni siquiera levantó la voz.
—Y Mariana es mi esposa. Nico es mi hijo. La empresa es el trabajo de los dos. Ninguno de ustedes tenía derecho a tocar ese dinero.
Lupita se puso pálida, pero fue la primera en reaccionar.
—Ay, por favor. Seguro fue un error del banco o de esa gente que trabaja con ustedes. No vengas a culparnos porque se te perdió dinero.
Yo la miré. Había algo en su manera de hablar que la delataba. No preguntó cuánto faltaba. No preguntó qué había pasado. Solo negó demasiado rápido.
Daniel sacó su celular y lo puso sobre la mesa, justo al lado de las dos cabezas de langosta.
—Más de 200 mil pesos en 3 meses. Transferencias pequeñas, casi siempre después de las 11 de la noche. Desde un dispositivo conectado varias veces al wifi de esta casa.
Rubén dejó de fingir tranquilidad. Bajó su vaso de cerveza con cuidado.
—A ver, Daniel, tampoco hay que hacer un drama. En una familia se habla.
—Eso quería Mariana —contestó él—. Hablar. Por eso compró esta cena. Para sentarse con ustedes como familia. Ustedes ni siquiera pudieron esperar 1 hora para partir la mesa.
Doña Teresa soltó una risa seca.
—No compares una cena con acusar a tu madre de ladrona.
—No la estoy acusando sin pruebas.
Daniel tocó la pantalla. Se escuchó una grabación.
Primero ruido. Luego una voz que reconocí de inmediato.
Era Lupita.
—Mamá, pásame otros 5 mil. Mariana no revisa esa cuenta diario. Si los movemos de poquito, ni cuenta se va a dar.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
Lupita abrió la boca, pero no salió nada.
Daniel detuvo el audio.
—¿Quieren que ponga el siguiente? Hay uno donde Rubén pregunta si ya cayó el depósito para arreglar su moto. Otro donde mamá dice que ese dinero “de todos modos salía de la familia”.
Don Ernesto se llevó una mano a la frente.
—Daniel, hijo, bájale. Hay un niño presente.
Mi esposo volteó hacia Nico, que estaba abrazado a mi pierna.
—Precisamente por él, papá. Porque mi hijo acaba de aprender que en esta casa hasta la comida se usa para humillar.
A mí me temblaban las manos. No solo por el dinero. Por la sensación de haber sido tonta. Por todas las veces que presté, callé, sonreí, aguanté comentarios, confiando en que si yo era buena, algún día ellos también lo serían.
Lupita empezó a llorar.
—Yo solo lo tomé prestado. Iba a regresarlo. No es robo si somos familia.
—¿Prestado? —pregunté, oyendo mi propia voz quebrarse—. ¿Prestado sin pedir permiso? ¿Prestado de madrugada? ¿Prestado mientras me llamabas exagerada por cuidar las cuentas?
Ella me miró con rabia.
—Ay, Mariana, no te hagas la mártir. Tú y Daniel viven bien. ¿Qué son 200 mil pesos para ustedes?
Rubén la jaló del brazo.
—Cállate, Lupita.
Pero ya era tarde.
Doña Teresa, acorralada, cambió de estrategia. Se puso frente a Daniel y levantó la barbilla.
—Sí. Yo le dije que moviera ese dinero. ¿Y qué? Tú eres mi hijo mayor. Tienes obligación con esta casa. Tu esposa te tiene bien amarrado. Antes no eras así.
Daniel cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, ya no había enojo. Había una tristeza firme, de esas que no retroceden.
—Hace 3 días supe de las transferencias —dijo—. No quise creer que fueran ustedes. Por eso no bloqueé la cuenta. Por eso le pedí a Héctor que nos llamara justo cuando la cena estuviera servida. Quería ver qué hacían si Mariana y yo salíamos de la casa.
Doña Teresa lo miró sin entender.
—¿Qué estás diciendo?
—Que esta noche fue una prueba. Y ustedes la reprobaron completa. No solo tomaron el dinero. También se comieron todo lo que Mariana preparó y le dejaron a mi hijo dos cabezas como si fuera basura.
Lupita dejó de llorar.
Rubén tragó saliva.
Yo miré a Daniel, helada. Entonces comprendí su silencio en el coche. Él había sabido. Había preparado todo. No para humillarlos, sino para obligarme a ver una verdad que yo me negaba a aceptar.
Daniel sacó unos documentos doblados de su chamarra y los puso sobre la mesa.
—Y ahora viene la parte que no esperaban.
Doña Teresa dio un paso hacia atrás.
Mi esposo apoyó la mano sobre los papeles.
—Antes de que termine esta noche, todos van a saber quién se queda sin dinero, sin máscara y sin familia.