Parte 2
El dolor nunca llegó. Beatriz abrió los ojos y vio al atacante caer al suelo mientras Damián Rivas avanzaba desde el pasillo con la pistola aún humeante y una furia tan oscura que parecía cambiar la temperatura de la casa.
Tenía la camisa rota, sangre en la ceja y los ojos fijos en ella, no en el enemigo, no en el arma, sino en la mujer que seguía de pie frente a su hijo aunque las piernas le temblaban.
—¿Estás herida? —preguntó con una voz rota que nadie en esa casa le había escuchado.
Beatriz negó, abrazando a León contra su espalda. El niño sollozaba. Damián se acercó despacio, guardó el arma y se arrodilló frente a ellos. Primero tocó la cabeza de su hijo, luego miró a Beatriz como si acabara de comprender algo que lo dejaba sin defensa.
—Ibas a recibir la bala por él.
Ella tragó saliva.
—Es un niño.
Damián bajó la mirada, avergonzado por una razón que ella no entendió.
—Es mi hijo.
—Y también es mi niño cuando usted no está —respondió ella, con la voz temblando.
Aquella frase lo atravesó más que cualquier amenaza.
En las horas siguientes, la mansión se cerró como una fortaleza. Los hombres heridos fueron sacados, la policía privada llegó, los ventanales rotos fueron cubiertos y León durmió por fin en una habitación junto a la de Damián.
Beatriz intentó regresar a su cuarto de servicio, pero él la detuvo en el pasillo.
—No vas a dormir allá abajo.
—Señor, mi contrato…
—Tu contrato no vale más que tu vida. Tú y León estarán donde pueda protegerlos.
Beatriz quiso protestar, pero el niño, medio dormido en sus brazos, murmuró:
—Bety, no te vayas.
Y ella se quedó.
Durante 3 semanas, la casa vivió bajo vigilancia absoluta. Damián apenas salía. La guerra con Los Cárdenas, una familia rival que quería tomar sus rutas y bodegas, se había vuelto abierta.
Pero el peligro real estaba más cerca. Beatriz lo sintió antes de saberlo. Había miradas raras entre los hombres de confianza, llamadas cortadas cuando ella entraba y una tensión que no venía solo de afuera.
Una noche, Damián la encontró frente al espejo del cuarto nuevo, usando un vestido azul que él había pedido que le compraran porque dijo que “el negro no era el único color que merecía”. Beatriz se miraba con los brazos cruzados sobre el abdomen.
—No pertenezco aquí —susurró sin notar que él estaba en la puerta—. Esto no es para mí.
Damián entró.
—Deja de hablarte así.
Ella se sobresaltó.
—No debería verme con esto. No soy como las mujeres de su mundo. Soy grande. Soy…
—No lo digas como insulto.
Él se detuvo a una distancia respetuosa, aunque en sus ojos ardía algo difícil de sostener.
—Te vi bailar aquella noche.
Beatriz sintió que la cara se le encendía.
—¿Usted…?
—Te vi libre. Te vi hermosa. Te vi más viva que cualquier persona en esta casa.
Ella quiso esconderse, pero él negó despacio.
—No tienes que hacerte pequeña para que otros se sientan cómodos. León se siente seguro contigo porque tú eres calor en una casa que yo volví fría.
Beatriz lloró sin querer. Damián no la tocó hasta que ella dio un paso hacia él. Entonces la abrazó con cuidado, como si por fin entendiera que la fuerza también podía ser ternura.
Pero la calma duró poco.
Dos noches después, Damián fue citado a una reunión urgente en una bodega de Iztapalapa. Antes de irse, prometió volver antes de medianoche.
A las 8:00, la luz de la mansión se apagó. Los generadores no encendieron. Beatriz despertó a León y corrió hacia el cuarto seguro.
En el pasillo, una mano le tapó la boca y el metal frío de una pistola tocó su sien.
—Ni un ruido, gordita —susurró una voz conocida.
Era Lorenzo Aguirre, consejero de Damián, el hombre que había estado en la boda de su difunta esposa, el que León llamaba “tío”.
Dos hombres le arrebataron al niño. Beatriz se lanzó contra ellos, usando todo su peso, toda su rabia, todo su amor. Logró tirar a uno, pero Lorenzo la golpeó y la hizo caer.
—Damián perdió la cabeza por una nana —escupió—. Desde que te mira, está débil. Primero falló el ataque al niño porque tú te metiste. Ahora lo haremos bien. Lo obligaremos a entregar el control, o verá morir a lo único que ama.
Beatriz, con sangre en la boca, entendió la verdad: Lorenzo había dejado entrar a los hombres aquella primera vez. El enemigo estaba dentro.
Cuando Damián llegó a la bodega vacía y recibió la foto de Beatriz atada a una silla, con León llorando detrás, no gritó.
Solo se quedó en silencio.
Y ese silencio fue más peligroso que cualquier furia.