Su mirada se detuvo en el techo, en el segundo piso, en la habitación cerrada con llave.
“Porque por fin estoy abriendo una puerta”, dijo.
Esa noche, Maya durmió mal, y amaneció cuando el cielo sobre la ciudad aún era púrpura. La señora Gordon la esperaba en el vestíbulo, con el rostro pálido y ansioso.
—¿Te dijo lo que va a hacer? —preguntó Maya.
La señora Gordon asintió lentamente.
—No debes ir —advirtió la señora Gordon.
—Me pidió que estuviera allí —respondió Maya.
—Esta obra ha roto el corazón de mucha más gente que tú —susurró la señora Gordon.
Maya alzó la vista, hacia el avión prohibido.
“Tal vez intentaron entrar por su cuenta”, dijo Maya.
La mirada de la señora Gordon se suavizó por un instante.
Arthur apareció en lo alto de la escalera, sin chaqueta, vistiendo solo una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos, y aferrando la llave de plata. No los saludó, sino que se dirigió al pasillo, seguido por Maya. La señora Gordon permaneció unos pasos atrás, con una mano sobre el pecho, visiblemente agitada.
De pie frente a la puerta cerrada con llave, Arthur se detuvo y la miró fijamente durante un largo rato, mientras Maya podía sentir cómo cambiaba su respiración mientras se preparaba.
“No tienes que hacer eso hoy”, dijo.
Apretó la mandíbula con determinación.
—Sí, lo haré —murmuró.
La llave se deslizó en la cerradura, y el sonido fue débil, pero su efecto fue enorme: la puerta se abrió con un largo suspiro. Polvo y un ligero aroma a lavanda flotaron en el aire, y Maya lo siguió al interior.
La habitación parecía un dormitorio infantil, como congelado en el tiempo, con sus paredes de color amarillo pálido, cortinas blancas y estantes repletos de libros ilustrados. Un par de pequeños zapatos rojos yacían junto al armario, y peluches se alineaban sobre la cama, esperando a un niño que jamás regresaría. Sobre la almohada descansaba otro conejo de madera, no el desconchado de la biblioteca, sino un segundo, más nuevo y en mejor estado.
Arthur la miró fijamente como si le hubiera caído un rayo. Detrás de ellos, en el pasillo, la señora Gordon dejó escapar un grito de terror.
—Él no estaba allí —susurró, aterrorizada.
Arthur se giró lentamente.
"¿Qué?"
El rostro de la señora Gordon se había puesto blanco como el papel.
“Ese conejo no estaba en la almohada cuando cerré la puerta con llave”, insistió.
Maya sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo cuando Arthur se acercó a la cama y cogió el juguete. Un trozo de papel doblado estaba atado a su cuello con una cinta rosa, y sus dedos se tensaron.
—Esther no sabía escribir —dijo con voz temblorosa.
Nadie respondió. Desató la cinta y abrió la tarjeta, y Maya vio cómo el color desaparecía de su rostro al instante.
—¿Qué dice? —preguntó ella.
Arthur leyó las palabras una vez, luego una segunda vez, y cuando finalmente habló, su voz sonaba apenas humana.
“Me dijo: ‘Papá, te he estado esperando’”, reveló ella.
La señora Gordon se persignó en el umbral y Maya sintió un nudo en la garganta. Arthur alzó la vista, con los ojos llenos de conmoción, dolor y algo mucho más peligroso: esperanza. De repente, como si viniera de lo más profundo de la habitación, una caja de música comenzó a sonar sola, una delicada y entrecortada melodía llenando el aire.
Maya la reconoció al instante: era la misma nana que había cantado en el estudio. Arthur se giró hacia el armario; la puerta estaba entreabierta, y desde la oscuridad del interior llegó la inconfundible y dulce risa de un niño.