PARTE 3: LA VIDA QUE ELIGIÓ
Nadie habló durante varios segundos.
El celular de Miguel vibraba sobre la mesa, iluminando su rostro con una luz fría. En la pantalla aparecía el número de mi casa, la parcela donde no había nadie desde que yo había salido esa tarde con el pay de manzana envuelto en una servilleta bordada.
“Contesta”, dije.
Miguel puso el altavoz.
Al principio solo se escuchó estática. Luego, un ruido leve, como viento golpeando una ventana mal cerrada. Después, una voz de hombre, baja y áspera.
“Señora Carmen”, dijo. “No abra lo que Roberto dejó.”
Vanesa soltó un sollozo.
Miguel se levantó tan rápido que tiró una copa.
“¿Quién habla?”
La voz no respondió. Solo añadió:
“Su esposo eligió bien al esconderla. Haga lo mismo.”
La llamada se cortó.
Durante un instante, el comedor pareció encogerse. La silla vacía de Roberto ya no era un gesto de duelo. Era una advertencia.
Miguel tomó sus llaves.
“Voy a la casa.”
“Voy contigo”, dije.
“No, mamá.”
“Esa es mi casa. Y ese hombre era mi marido.”
Vanesa intentó detenernos, pero ya estaba buscando mi rebozo. No sé de dónde saqué fuerzas. Tal vez del miedo. Tal vez del enojo. Tal vez de esa parte de una mujer que envejece por fuera, pero por dentro sigue siendo capaz de quemar el monte si alguien amenaza a su familia.
Llegamos a la parcela veinte minutos después. La noche estaba cerrada. Las luces que Roberto había instalado seguían encendidas, bañando el patio con un resplandor blanco. Todo parecía quieto. Demasiado quieto.
La puerta principal estaba cerrada. Las ventanas, intactas.
Pero el candado del sótano había sido forzado.
Miguel quiso entrar primero. Lo empujé con el brazo.
“Tu padre me enseñó esta casa piedra por piedra”, le dije. “Aquí no me pierdo.”
Bajamos con una lámpara. El olor a humedad y madera vieja nos envolvió. En una esquina estaba la caja de pesca falsa, la copia que Roberto había dejado para engañarme durante años.
La abrí.
Los anzuelos seguían ahí, oxidados. El hilo de pescar, enredado. Las plomadas, cubiertas de polvo.
Pero debajo del forro de madera, había una ranura.
Miguel la descubrió al pasar los dedos por el borde. Jaló con cuidado y salió una placa delgada. Debajo había una memoria metálica, envuelta en plástico, y una fotografía.
En la foto aparecía Roberto, joven, sentado en una banca. Junto a él estaba otro hombre. No reconocí su cara, pero sí el anillo que llevaba en la mano derecha: una piedra negra con una raya dorada en medio.
Lo había visto una vez.
En el funeral de Roberto.
Un hombre alto, de traje oscuro, que permaneció al fondo de la iglesia sin acercarse a darme el pésame. Yo pensé que era un vecino de la infancia, uno de esos conocidos que llegan a los velorios y se van sin nombre.
Miguel miró la memoria.