PARTE 2
La paz duró muy poco.
Una madrugada me llamó el asilo. Don Ernesto se había caído tratando de llegar solo al baño. Lo llevé al Hospital General, con el corazón hecho pedazos. El doctor fue directo: fractura de cadera, mala circulación y una operación urgente. Si no intervenían, podía perder la pierna.
El costo me dejó sin aire.
Casi trescientos mil pesos.
Llamé a Diego desde un teléfono del hospital porque me tenía bloqueada.
“Tu papá necesita cirugía ya”, le dije. “No es un favor. Es tu padre.”
Diego suspiró como si le pidiera pagar una comida incómoda.
“Mariana, no tengo ese dinero disponible. Todo está invertido. Además, mi papá ya está muy deteriorado. A veces hay que dejar que la vida siga su curso.”
Sentí náusea.
“Eso no es la vida siguiendo su curso. Eso eres tú lavándote las manos.”
Llamé también a Claudia, la hermana menor de Diego. Lloró mucho, pero no ayudó. Tenía deudas, hijos, ansiedad, excusas. Todos tenían problemas. Nadie tenía padre.
Vendí mi coche. Saqué mis ahorros. Mi mamá, doña Lupita, me dio el dinero que guardaba para arreglar el techo de su casa.
“Un techo roto espera”, me dijo. “Un alma abandonada, no.”
Firmé como responsable.
En la línea donde decía parentesco escribí: hija.
Don Ernesto sobrevivió.
Cuando salió del hospital, no permití que regresara al asilo. Lo llevé a la carpintería. Limpié el cuarto de abajo, puse una cama médica, barandales y una pequeña cocina. El lugar volvió a oler a café, madera y vida.
Una tarde, él acarició una mesa vieja.
“Aquí hice la cuna de Diego”, susurró.
No supe qué decir. Hay recuerdos que abrazan y muerden al mismo tiempo.
Dos semanas después, alguien golpeó la puerta con furia.
Abrí.
Diego estaba ahí, con traje caro, lentes oscuros y Fernanda detrás, oliendo a perfume fino y desprecio.
“¡Ratera!”, gritó, aventándome un folder. “Mi papá transfirió esta propiedad a tu nombre. ¿Creíste que no me iba a enterar?”
Me quedé helada.
Yo no sabía nada de escrituras. Pensé que la llave era solo permiso para usar el lugar.
“Baja la voz”, le dije. “Tu papá está descansando.”
“¡Mi papá no sabe lo que firma! Tú lo manipulaste. Siempre fuiste calculadora.”
Fernanda soltó una risa.
“Qué lista saliste, Mariana. Primero te haces la buena hija y luego te quedas con la carpintería.”
Me temblaban las manos de coraje.
“Yo pagué la operación que tú rechazaste, Diego.”
Él dio un paso hacia mí y levantó la mano, no sé si para señalarme o asustarme. Pero antes de que pudiera moverme, una voz tronó desde el pasillo.
“¡Baja esa mano, cobarde!”
Don Ernesto apareció de pie.
Sostenía una andadera. Estaba pálido, débil, temblando del esfuerzo. Pero sus ojos ardían.
Diego se quedó sin color.
“Papá, ella te está usando…”
Don Ernesto avanzó un paso.
“Fui yo quien fue al notario. Fui yo quien firmó. En pleno uso de mi cabeza.”
“¡Soy tu hijo!”, gritó Diego.
Don Ernesto levantó la mano y le soltó una cachetada que resonó en toda la carpintería.
Fernanda gritó.
Diego se tocó la mejilla, humillado.
“Mi hijo murió el día que prefirió su dinero antes que mi pierna”, dijo don Ernesto.
Yo pensé que ahí terminaba todo.
Pero entonces don Ernesto agregó:
“Y si vuelves a amenazar a Mariana, abro la caja de hierro que escondí detrás del mueble de cedro. Ahí están los papeles que prueban cómo usaste mi nombre para sacar préstamos falsos.”
Diego se quedó inmóvil.
Fernanda dejó de sonreír.
Y yo entendí que debajo de esa carpintería había una verdad mucho más podrida.
La caja existía… y lo que encontramos dentro cambiaría todo para siempre.