PARTE 2
Diego no esperó respuesta.
Caminó directo al bote de basura.
Metió la mano entre servilletas grasosas, cajas rotas y restos de comida.
Sacó 2 cajas vacías de medicamento.
Luego otra.
Después un frasquito pequeño, todavía con gotas en el fondo.
Los leyó con cuidado.
Hierro.
Vitaminas prenatales.
Medicamento para la presión.
El rostro de Diego cambió por completo.
Ya no era enojo.
Era horror.
—¿Qué hacen estas medicinas en la basura?
Nadie habló.
La televisión apagada dejaba la casa demasiado callada.
Brenda tragó saliva.
Karla dejó de grabar.
Sofía miró a doña Carmen.
Y doña Carmen, por primera vez en la noche, no tuvo respuesta rápida.
Diego levantó el frasco.
—Estas gotas no estaban vacías. El doctor se las mandó a Lucía por su presión. ¿Quién las tiró?
—Ay, mijo, no empieces con dramas —dijo doña Carmen, levantándose despacio—. Esa muchacha se mete demasiadas cosas. En mis tiempos no necesitábamos tanta pastilla para parir.
Diego sintió que se le nublaba la vista.
—¿Tú las tiraste?
Doña Carmen levantó la barbilla.
—Yo solo le quité lo que la estaba volviendo débil.
Brenda intervino, nerviosa.
—Mamá dijo que era como una prueba, Diego. Que si Lucía dejaba de depender de medicinas, iba a demostrar que sí podía con la casa y con el embarazo.
—¿Una prueba? —Diego casi escupió la palabra—. ¿Le hicieron una prueba a una mujer embarazada de 8 meses?
Karla quiso sonar valiente, pero la voz le tembló.
—Pues ella siempre decía que se mareaba, que le dolía la cabeza, que necesitaba descansar. Neta, parecía puro teatro.
Diego golpeó la mesa con la mano.
Los vasos saltaron.
—¡Tenía anemia y presión alta! ¡Por eso el doctor le mandó eso!
Sofía empezó a llorar.
—No pensamos que fuera tan grave…
—No pensaron nada —dijo Diego—. Porque nunca piensan. Solo exigen.
Doña Carmen se acercó a él con el gesto duro.
—No le hables así a tu madre. Todo lo que hice fue por tu bien. Esa mujer te tiene manipulado. Desde que llegó, ya no eres el mismo.
Diego soltó una risa amarga.
—No, mamá. Desde que llegó Lucía, empecé a ver quiénes eran ustedes.
Brenda se cruzó de brazos.
—¿Y ahora qué? ¿Nos vas a correr por unas medicinas?
Diego sacó su celular.
Abrió la aplicación del banco.
La pantalla iluminó su cara cansada.
—No. Las voy a dejar de mantener.
Las 4 mujeres se quedaron inmóviles.
—Las tarjetas adicionales quedan bloqueadas desde ahorita. El Uber, las uñas, la ropa, la universidad privada, las salidas, los pedidos de comida… todo se acabó.
—¡No manches! —gritó Karla—. ¡Tengo que pagar una mensualidad mañana!
—Trabaja.
—¡Yo tengo viaje a Mazatlán en 2 semanas! —chilló Brenda.
—Cancélalo.
Sofía lloró más fuerte.
—¿Y yo qué voy a hacer sin dinero?
Diego la miró sin parpadear.
—Lo mismo que hacen millones de personas en México: levantarse temprano y ganárselo.
Doña Carmen se llevó la mano al pecho.
—Me estás matando, Diego. Soy tu madre.
Él señaló hacia arriba.
—Mi esposa está en cama porque ustedes la humillaron, la cansaron y le tiraron sus medicinas. No me hables de muerte, mamá.
En ese momento, se escuchó un golpe en el segundo piso.
Luego otro.
Diego levantó la mirada.
Lucía estaba en la escalera, sujetándose del barandal.
Tenía el rostro blanco.
Sus labios temblaban.
Y un hilo de sangre bajaba por su pierna.
—Diego… —susurró.
Después se desplomó.
Él subió corriendo.
La alcanzó antes de que cayera por completo.
La cargó como si fuera de vidrio.
—¡Abre la puerta! —gritó.
Nadie se movió.
Doña Carmen lloraba.
Brenda repetía “no puede ser”.
Karla estaba paralizada.
Sofía rezaba.
Diego bajó con Lucía en brazos, tomó las llaves y salió sin mirar atrás.
Doña Carmen intentó detenerlo.
—Hijo, por favor, no nos dejes así…
Diego se giró con los ojos llenos de lágrimas.
—Cuando regrese, no quiero verlas en mi casa. Tienen 24 horas.
—Somos tu familia —sollozó su madre.
Diego apretó a Lucía contra su pecho.
—Mi familia está sangrando en mis brazos.
El camino al hospital fue una pesadilla.
Diego manejó por avenidas casi vacías, tocando el claxon, rogando en voz baja.
—Aguanta, mi amor. Aguanta por nuestro bebé.
En urgencias se la llevaron de inmediato.
Los médicos hablaron rápido.
Presión en 180.
Anemia severa.
Riesgo para la madre.
Riesgo para el bebé.
Cesárea de emergencia.
Diego se quedó solo en la sala de espera.
Con la ropa manchada de sangre.
Con las manos temblando.
Con la culpa mordiéndole el alma.
Durante años había creído que ser hombre era aguantar.
Aguantar a la madre.
Aguantar a las hermanas.
Aguantar reclamos.
Aguantar chantajes.
Pero esa noche entendió algo brutal: aguantar abuso no te hace noble, te hace cómplice.
Pasaron 12 horas.
A las 14:00 del día siguiente, un llanto pequeño pero fuerte salió del quirófano.
Había nacido Emiliano.
Pesó 2 kilos.
Era frágil.
Necesitaba cuidados.
Pero estaba vivo.
Lucía también sobrevivió, aunque quedó varios días internada.
El doctor fue claro con Diego.
—La falta del medicamento y el exceso de esfuerzo agravaron todo. Llegaron a tiempo por minutos.
Por minutos.
Esa frase se quedó clavada en Diego.
Mientras Lucía se recuperaba, su celular no dejó de sonar.
Brenda mandó audios llorando porque su tarjeta no pasaba.
Karla decía que no tenía para transporte.
Sofía pedía dinero para comer.
Doña Carmen escribía mensajes largos acusándolo de mal hijo.
Diego solo respondió una vez.
“Les pagué 1 mes en un cuarto cerca del centro. Después de eso, cada quien se mantiene. No vuelvan a tocar la puerta de mi casa para exigir nada”.
Cuando Lucía volvió del hospital 1 semana después, la casa ya no parecía la misma.
La sala estaba limpia.
La cocina brillaba.
El fregadero estaba vacío.
No había risas burlonas.
No había platos acumulados.
No había miradas que la hicieran sentirse menos.
Lucía entró despacio, con Emiliano dormido en brazos.
Lloró en silencio.
No de tristeza.
De alivio.
Diego pidió cambio de turno para estar con ella durante el día.
Aprendió a preparar caldos, lavar ropa de bebé, limpiar biberones y cambiar pañales sin hacer caras.