PARTE 3
El órgano dejó escapar las primeras notas de la marcha nupcial.
Los 400 invitados se pusieron de pie.
Sebastián levantó la mirada con una sonrisa ensayada, de esas que usaba para las cámaras, las cenas de gala y las mentiras grandes. Esperaba ver a Valeria envuelta en blanco, temblando de emoción, lista para firmar su condena.
Pero Valeria no apareció de blanco.
Apareció con un traje negro de corte perfecto, labios rojos, el cabello recogido y una carpeta negra en la mano derecha.
No llevaba ramo.
No llevaba velo.
No llevaba miedo.
Cada paso de sus tacones sobre el piso de piedra sonó como un golpe seco. Los murmullos crecieron en la iglesia. Una tía de Sebastián se persignó. Un empresario de la segunda fila bajó su celular para grabar mejor.
Beatriz se puso de pie.
—¿Qué significa esto? —susurró, pero su voz salió rota.
Mauricio se quedó paralizado junto a una columna. Su mano fue instintivamente al auricular.
Sebastián dio 1 paso hacia Valeria.
—Mi amor… ¿qué haces? ¿Dónde está tu vestido?
Valeria llegó hasta el altar. No lo besó. No le tomó la mano. Pasó junto al sacerdote, tomó el micrófono y miró a todos.
—Gracias por venir —dijo con una calma que heló más que un grito—. Lamento informarles que hoy no habrá boda.
Un murmullo enorme recorrió la iglesia.
Sebastián sonrió nervioso.
—Valeria está cansada. Ha sido una semana difícil. Tal vez necesita—
—Cállate, Sebastián.
La palabra cayó como una bofetada.
Él abrió la boca, ofendido, pero Ramiro apareció desde un costado y se colocó junto a Valeria. No tocó a Sebastián todavía. Solo se plantó ahí, con la mirada fija, como una puerta de acero.
Valeria levantó la carpeta.
—Durante 2 años, muchos de ustedes vieron una historia de amor. La heredera discreta de Grupo Salgado y el empresario encantador que llegó a rescatarla de su tristeza. Eso fue lo que Sebastián vendió. Eso fue lo que su madre presumió. Eso fue lo que Mauricio organizó.
Beatriz intentó caminar hacia ella.
—No te atrevas a hacer un espectáculo en la casa de Dios.
Valeria la miró.
—Usted planeó convertir esta casa de Dios en la entrada a mi funeral.
La iglesia quedó en silencio.
Valeria hizo una seña hacia el coro.
Las bocinas, preparadas para música, soltaron un clic.
Luego se escuchó la voz de Sebastián, clara, limpia, imposible de negar.
—No va a negarse. Mañana hago cara de hombre herido, ella firma… y después Valle de Bravo resuelve todo.
Un grito ahogado salió de la tercera fila.
Sebastián se puso pálido.
—Eso está editado.
La voz de Mauricio continuó:
—La lancha ya quedó lista. La fuga de gasolina va a parecer accidente. Si explota lejos del muelle, nadie podrá comprobar nada. Además, todos saben que Valeria no sabe nadar.
Varias personas se levantaron de golpe. Una mujer dejó caer su bolso. El sacerdote se apartó del altar, con el rostro desencajado.
Después llegó la risa de Beatriz.
—Mi hijo llorará precioso en televisión. Para septiembre, ella estará bajo tierra, la empresa será nuestra y podremos pagar las deudas.
Cuando el audio terminó, nadie respiraba.
Beatriz parecía haberse convertido en piedra. Sus labios se movían, pero no salía sonido.