Parte 2:
Con la urna de mi madre todavía entre los brazos, conduje hasta la casa sin recordar cómo había recorrido cada kilómetro. La camioneta de mudanzas ya estaba estacionada frente al portón y varios hombres comenzaban a sacar muebles mientras una mujer revisaba un inventario. Reconocí a Lorena dando instrucciones como si hubiera vivido allí toda la vida. Apenas me vio, sonrió con una tranquilidad que me revolvió el estómago y dijo que ya no tenía autorización para entrar porque la propiedad pertenecía legalmente a otros dueños. Le respondí que solo necesitaba recoger un recuerdo familiar, pero se negó incluso a dejarme cruzar el jardín. Fue entonces cuando un vecino, don Ernesto, salió de su casa y se acercó discretamente. Aprovechando la discusión, me susurró que la puerta del antiguo cobertizo seguía abierta porque los trabajadores todavía no habían revisado esa parte del terreno. También me dijo que un hombre desconocido había estado tomando fotografías del sótano desde muy temprano, como si buscara algo específico. Comprendí que el mensaje anónimo no era una broma. Alguien más sabía que dentro de aquella casa seguía escondido algo que Esteban necesitaba encontrar antes que yo.
Entré por el patio trasero mientras los empleados descargaban cajas en la fachada principal. La biblioteca permanecía casi intacta. Sobre el piso de madera seguían algunas fotografías de mis abuelos y una lámpara antigua cubierta por una sábana. Recordé la imagen que había recibido en el teléfono y busqué la tabla levantada. Tardé apenas unos segundos en encontrar la ranura escondida entre las vetas de la madera. La llave marcada con S-17 encajó perfectamente. Al girarla, una parte del suelo se deslizó hacia un lado y dejó al descubierto una caja metálica sellada. Antes de abrirla escuché pasos en el pasillo. Era Lorena. Me observó con una expresión que ya no ocultaba nerviosismo y dijo que Esteban llegaría en cualquier momento, que todavía podía irme sin complicar las cosas. No le respondí. Levanté la tapa de la caja y encontré varios cuadernos de contabilidad escritos por mi abuelo, un grupo de escrituras antiguas y una memoria electrónica protegida dentro de una funda impermeable. También había una carta dirigida exclusivamente a mí. En ella, mi abuelo explicaba que sospechaba desde hacía años que alguien intentaría quedarse con la empresa familiar utilizando documentos falsificados y que por esa razón había guardado copias de todos los registros verdaderos lejos de la oficina. Si algún día desaparecían los originales, aquellas pruebas demostrarían quién era realmente el propietario de gran parte del patrimonio.
No tuve tiempo de leer más. Esteban apareció acompañado por dos abogados y exigió que entregara inmediatamente la caja porque, según él, todo lo que estaba dentro pertenecía al nuevo dueño de la casa. Sin embargo, uno de los trabajadores de la mudanza intervino inesperadamente. Dijo que había escuchado la conversación y recordó que la caja estaba empotrada bajo el suelo, fuera del inventario firmado durante la compraventa. Aquello bastó para que comenzara una discusión entre los abogados. Mientras todos discutían, guardé la memoria y la carta dentro de la urna donde llevaba las cenizas de mi madre. Nadie imaginó que escondería los documentos en el único objeto que ninguno se atrevería a tocar. Esteban intentó arrebatarme la caja vacía, convencido de que las pruebas seguían allí, pero ya era demasiado tarde.