—Ya compraron los boletos. Mis papás están emocionados. Mi hermano llevará a los muchachos y Claudia viene con el niño.
Renata miró la marca morada que la aguja del hospital había dejado en su mano.
—Mauricio, apenas puedo caminar hasta el baño. El doctor dijo que no debo levantar peso, permanecer de pie más de 15 minutos ni subir escaleras. ¿Podemos pedirles que vengan después?
Mauricio ni siquiera levantó la vista.
—Nadie va a cambiar sus planes. Tú siempre has podido con todo.
—Esta vez no puedo.
Él guardó el teléfono y la miró con una frialdad que Renata nunca había visto en sus 22 años de matrimonio.
—Entonces encuentra la manera.
Mauricio salió de la habitación sin cerrar la puerta.
Renata permaneció inmóvil, sintiendo que el dolor más fuerte ya no estaba en su columna.
Aquella noche no pudo dormir. Mientras Mauricio roncaba a su lado, recordó cada verano vivido en aquella casa de Coyoacán.
La madre de él, doña Elvira, llegaba criticando el polvo, las plantas, las sábanas y hasta la manera en que Renata cocinaba los frijoles. Don Rogelio, su suegro, exigía café recién hecho antes de las 7:00. El hermano de Mauricio, Esteban, se instalaba frente al televisor como si estuviera en un hotel. Sus hijos vaciaban el refrigerador en 2 días. Claudia, la hermana menor, llevaba a su pequeño y esperaba que Renata lo cuidara mientras ella salía de compras.
Renata preparaba habitaciones, inflaba colchones, lavaba montañas de toallas, compraba alimentos especiales, recogía a todos en la central de autobuses y organizaba paseos.
En las fotografías familiares siempre aparecía en una esquina, con el delantal puesto o sosteniendo una charola.
Nadie le preguntaba si estaba cansada.
Todos decían que la casa de Mauricio era perfecta para recibir a la familia.
Pero aquella casa nunca había sido de Mauricio.
Renata se levantó con dificultad y abrió el cajón donde guardaba documentos importantes. Entre recibos antiguos encontró una carpeta amarilla con el nombre de su padre.
La propiedad había sido comprada por sus padres en 1996. Allí había crecido ella. Después de la muerte de ambos, la casa quedó exclusivamente a su nombre.
Renata leyó la escritura 2 veces.
Propietaria única: Renata Morales de Alcántara.
Mauricio nunca se había interesado por ese detalle. Desde que se mudaron, comenzó a llamarla “nuestra casa” y, poco a poco, Renata permitió que la palabra “nuestra” significara que él decidía y ella obedecía.
A la mañana siguiente llamó a Adriana Velasco, la abogada que había llevado la sucesión de sus padres.
—Necesito saber si puedo impedir que varias personas se queden en mi propiedad —explicó Renata—. Incluso si mi esposo ya las invitó.
—¿La escritura sigue únicamente a tu nombre?
—Sí.
—Entonces tú decides quién entra y bajo qué condiciones. Pero, antes de hablar de leyes, dime algo: ¿por qué quieres impedirlo?
Renata le contó sobre la cirugía, las restricciones médicas y la respuesta de Mauricio.
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
—Renata, poner límites no es ser cruel. Tu cuerpo está herido. Si nadie va a protegerte, tendrás que hacerlo tú.
Aquella frase le devolvió algo que Renata creía perdido.
No era valentía.
Era dignidad.
Durante los siguientes 3 días hizo varias llamadas. Contrató una empresa para reparar una filtración vieja del pasillo, pulir los pisos y pintar el interior. También programó una revisión del aire acondicionado, que llevaba meses haciendo un ruido extraño.
Las obras comenzarían el sábado y durarían 2 semanas. Por seguridad, el contrato prohibía que hubiera personas viviendo en la casa mientras se aplicaran barnices y pintura.
Renata también habló con su seguro médico. Su póliza cubría una estancia temporal en un departamento de recuperación con barras de apoyo, elevador y visitas de una enfermera.
El viernes empacó ropa, medicamentos, documentos y una fotografía de sus padres.
Dejó una nota sobre la mesa:
“Me trasladé a un alojamiento de recuperación por indicaciones médicas. La casa permanecerá cerrada durante las obras. Los contratistas tienen autorización para entrar. Por favor, no interfieran.”
Mauricio regresó tarde y no encontró a su esposa.
El sábado, a las 10:15, 3 camionetas se estacionaron frente a la propiedad.
Bajaron maletas, hieleras, almohadas, juguetes y bolsas de comida. Doña Elvira comenzó a repartir instrucciones antes de llegar a la puerta.
—La habitación de abajo es para nosotros. Rogelio no puede subir escaleras.
Mauricio caminó hacia la entrada, pero se detuvo.
Había un letrero pegado sobre la puerta:
“PROPIEDAD CERRADA POR REMODELACIÓN. PROHIBIDA LA OCUPACIÓN.”
Detrás de las ventanas se observaban plásticos cubriendo los muebles. Un trabajador lijaba el piso y otro retiraba una sección húmeda de la pared.
—¿Qué significa esto? —preguntó doña Elvira.
Mauricio llamó a Renata.