PARTE 2
El juez miró a Ricardo con dureza.
—Se sienta ahora mismo.
Ricardo abrió la boca para protestar, pero el guardia ya estaba junto a la mesa.
Se sentó.
Por primera vez desde que entró al juzgado, ya no parecía millonario.
Parecía descubierto.
El juez extendió la mano hacia Mateo.
—Hijo, dime qué hay en ese teléfono.
Mateo tragó saliva.
—Videos. Audios. Mi papá nos hacía practicar lo que teníamos que decir. Nos decía que si no lo escogíamos, mi mamá se iba a quedar sola, sin dinero y sin poder vernos.
La abogada se levantó rápido.
—Su Señoría, esto puede ser manipulación de la madre.
—¡Mi mamá no sabía! —gritó Mateo, y la voz le salió rota, pero fuerte—. Ella siempre nos decía que dijéramos la verdad, aunque le doliera.
Marisol se cubrió la boca.
Sofía bajó de la silla y corrió hacia ella.
Marisol la abrazó como si alguien se la hubiera querido arrancar de los brazos.
El juez pidió que revisaran el celular.
El secretario conectó el aparato a una pantalla pequeña del juzgado.
El primer video empezó.
Se veía una sala enorme, con pisos de mármol, lámparas elegantes y una mesa de centro donde nadie podía tocar nada.
Mateo estaba sentado en un sillón.
Sofía lloraba en una esquina.
Ricardo caminaba frente a ellos con una copa en la mano.
Sin traje.
Sin sonrisa.
Sin máscara.
—Mañana van a decir que quieren vivir conmigo —decía Ricardo en el video—. Clarito. Sin ponerse chillones.
—Yo quiero vivir con mi mamá —susurraba Sofía.
Ricardo se agachó frente a ella.
—Tu mamá no puede ni comprarte unos zapatos decentes, mijita. ¿Quieres terminar igual que ella? ¿Vendiendo enchiladas afuera de una oficina?
Marisol cerró los ojos.
No por vergüenza.
Porque recordó a Sofía preguntándole una noche si ser pobre era algo malo.
Y ella no había entendido de dónde venía esa pregunta.
El video siguió.
Ricardo señaló a Mateo.
—Tú eres el grande. Tú vas a convencer a tu hermana. Si tu mamá se deprime, si llora, si se enferma, será por culpa de ustedes. ¿Sí entiendes, campeón?
Mateo, en la grabación, no contestaba.
Solo miraba al piso.
Pero el Mateo del juzgado miraba al juez.
Como si por fin alguien pudiera escuchar lo que él no había podido gritar.
El juez apretó la mandíbula.
—Siguiente archivo.
El segundo era un audio.
La voz de Ricardo sonaba tranquila, casi burlona.
—No, Daniela, no te preocupes. Mañana la dejo sin los niños. Después de eso, Marisol no va a tener ni fuerzas para pelear. Le voy a demostrar que sin mí no es nadie.
Una mujer se rió al otro lado.
—¿Y si el niño habla?
Ricardo soltó una carcajada.
—¿Mateo? Ese chamaco me tiene miedo. Además, ya sabe que si abre la boca, su mamá paga.
La sala se quedó muda.
Marisol sintió que algo se le rompía, no por escuchar el nombre de otra mujer, sino por confirmar que sus hijos habían vivido amenazados mientras ella creía que solo estaban tristes.