Gané 20 millones de dólares para salvar a mi hijo enfermo, pero antes de entrar en su habitación del hospital lo escuché decir por altavoz: «Si hago que mi mamá crea que me estoy muriendo, me dará hasta el último centavo». Guardé el boleto de lotería, llamé a un abogado y me fui sin decir una palabra, sin imaginar que esa llamada ocultaba un fraude mucho más grande.

PARTE 2
Abigail no durmió en toda la noche.
A las siete de la mañana, organizó un encuentro con Naomi en una cafetería tranquila frente al Parque Fairview.
Esperaba encontrar a una oportunista, pero la joven llegó con un cuaderno azul y las manos visiblemente temblorosas.
—Soy la gerente comercial de Spencer —explicó Naomi mientras se sentaba—. También fui yo quien habló con él por teléfono ayer, y le pregunté si se sentía culpable por todas las cosas que había visto durante meses y por las que ya no podía permanecer en silencio.
Dentro del cuaderno había documentos bancarios oficiales y solicitudes de préstamos redactadas utilizando el nombre de Abigail.
Dos documentos legales la señalaban como responsable conjunta de préstamos que sumaban seiscientos mil dólares.
La firma parecía suya, pero había sido completamente falsificada.
—Spencer utilizó copias de tus documentos personales —dijo Naomi suavemente—. Cuando hablaba con los proveedores, les aseguraba que tú serías quien pagaría.
—¿Por qué me estás contando todo esto ahora? —preguntó Abigail, sosteniendo su taza entre las manos.
—Porque ayer empezó a preguntar si tú habías recibido algún dinero —respondió Naomi—. Tengo mucho miedo de que intente hacerte firmar algo peligroso.
A las siete de la tarde, Abigail se reunió con Lawson Ray, un abogado especializado en patrimonio.
Le mostró el boleto ganador de la lotería y los formularios de crédito manipulados.
—Quiero pagar el tratamiento médico de mi hijo —dijo Abigail con firmeza—. Sin embargo, no quiero que él pueda retirar dinero bajo ninguna circunstancia.