—Todo termina teniendo que ver conmigo —respondió Rafael—. Cuando salga, puedo decirle que necesito recuperar el negocio. Seguro paga la renta, compra equipo nuevo y hasta liquida mis tarjetas.
Soledad apoyó una mano en la pared para no caer.
Había llegado pensando en regalarle tranquilidad. En cambio, acababa de descubrir que su hijo ya estaba repartiendo un dinero cuya existencia todavía desconocía.
Una enfermera se acercó.
—Doña Soledad, ¿no va a entrar?
Ella dibujó una sonrisa que no sentía.
—Olvidé unos documentos en el coche, mija. Ahora regreso.
Caminó hasta el elevador sin mirar atrás. Dentro de su automóvil sacó el boleto, comprobó nuevamente los números y después leyó el mensaje que Rafael acababa de enviarle:
“¿Dónde estás? Te estamos esperando.”
Soledad escribió que había mucho tráfico, apagó el teléfono y encendió el motor.
Aquella mañana llegó al hospital dispuesta a entregarle todo a su hijo, pero salió decidida a descubrir hasta dónde llegaba su traición. Y lo que encontraría después sería todavía más doloroso de lo que acababa de escuchar…
PARTE 2
Soledad condujo sin rumbo durante casi 30 minutos. Guadalajara seguía llena de cláxones, puestos de fruta y camiones atiborrados, como si el mundo no tuviera la obligación de detenerse mientras a ella se le desmoronaba la vida.
Al llegar a casa colocó el boleto sobre la mesa de la cocina.
Era la misma mesa donde había separado dinero para pagar la renta de Rafael, las mensualidades de su camioneta y las deudas del pequeño negocio de impresiones que él administraba sin orden.
Rafael no siempre había sido irresponsable. Después de que su padre murió, a los 15 años, estudió y trabajó al mismo tiempo. Pero cada vez que tropezaba, Soledad aparecía antes de que él aprendiera a levantarse.