La frase no debía pertenecer a esa habitación.
No junto a dos bebés dormidos.
—No tiene que contarme eso.
—Sí.
Su voz fue baja.
—Sí tengo.
Natasha no habló.
Simon acarició con un dedo la manta de Luca.
—Se llamaba Isabella. No era mi esposa.
Hizo una pausa.
—Pero era la madre de mis hijos.
Natasha esperó.
—Todos dicen sobredosis porque eso es más fácil.
—¿Qué pasó realmente?
Simon levantó los ojos.
En ellos había rabia, pero también algo más viejo.
Culpa.
—Alguien le dio la dosis.
Natasha sintió frío.
—¿Quién?
—Eso es lo que voy a averiguar.
—¿Y por qué me lo dice?
Simon miró a los bebés.
—Porque desde que entraste en mi vida, ellos duermen.
Su voz se volvió áspera.
—Y eso significa que, si alguien quiere hacerme daño ahora, intentará tocarte a ti también.
Natasha sintió que el aire se le cerraba alrededor del pecho.
—Yo solo vine por un trabajo.
—Lo sé.
—No soy parte de su guerra.
Simon sostuvo su mirada.
—Nadie elige ser parte de una guerra. Solo descubre el día en que la guerra ya sabe su nombre.
Natasha quiso renunciar esa misma noche.
De verdad quiso.
Pero Matteo suspiró dormido contra su pecho.
Luca soltó un pequeño gemido y Simon lo calmó con tres golpes torpes, imitando el ritmo que ella le había enseñado.
Uno.
Dos.
Tres.
Demasiado fuerte al principio.
Luego mejor.
El bebé se calmó.
Y Natasha comprendió algo terrible.
Simon Gambino podía ser un hombre peligroso.
Pero sus hijos eran inocentes.
Y, por alguna razón que la vida había decidido convertir en castigo y oportunidad, ella era la primera persona capaz de darles paz.
A la mañana siguiente, encontró la primera amenaza.
No estaba en su habitación.
No en su teléfono.
No en una nota dramática bajo la puerta.
Estaba en el piano.
Sobre las teclas blancas, alguien había dejado una pulsera de hospital infantil.
Pequeña.
De plástico.
Con un nombre escrito en tinta azul.
Mia Hart.
Natasha dejó de respirar.
Mia.
La niña que murió en sus brazos dos años atrás.
La niña que la hizo dejar la terapia musical.
La niña cuya madre la había abrazado mientras ella repetía “lo siento” como si esa frase pudiera cambiar un corazón detenido.
Nadie en el ático podía saber ese nombre.
Nadie, excepto alguien que hubiera investigado su dolor más profundo y lo hubiera colocado sobre un piano como una advertencia.
Simon entró segundos después.
Vio su rostro.
Luego vio la pulsera.
El cambio en él fue instantáneo.
La habitación se volvió más fría.
—¿Quién es Mia Hart? —preguntó.
Natasha no podía hablar.
Simon tomó la pulsera con un pañuelo, no con la mano.
—Natasha.
Su nombre, en su boca, sonó menos como orden y más como ancla.
—Era una paciente.
La voz le salió rota.
—Murió durante una sesión conmigo.
Simon no hizo preguntas crueles.
No preguntó si fue culpa suya.
No preguntó por qué no lo había contado.
Solo dijo:
—Marco.
El guardaespaldas apareció en la puerta.
—Cierra el ático. Nadie entra, nadie sale. Revisa cámaras, ascensores, servicio, cocina y personal.
Natasha se giró hacia él.
—No haga esto delante de los bebés.
Simon miró hacia el cuarto infantil.
Su rostro cambió.
Era un cambio pequeño, casi invisible.
Pero obedeció.
—En mi despacho.
El interrogatorio duró seis horas.
No a Natasha.
A todos los demás.
Ella permaneció en el cuarto infantil con los gemelos, tarareando hasta que la garganta le dolió.
Al caer la tarde, Simon regresó.
Parecía no haber envejecido, sino endurecido.
—Fue la enfermera nocturna.
Natasha cerró los ojos.
—¿Por qué?
—Porque alguien le pagó.
—¿Quién?
Simon tardó en responder.
—Mi tío.
Natasha lo miró.
—¿Su familia?
—La palabra familia se usa demasiado en esta casa.
La enfermera había desaparecido antes de que pudieran detenerla.
Pero las cámaras mostraron que dejó la pulsera.
También mostró algo peor.
Había entrado al cuarto de los bebés dos noches antes y se había quedado junto a las cunas durante diecisiete segundos.
Sin tocarlos.
Sin hacer nada visible.
Pero diecisiete segundos eran suficientes para que Natasha sintiera que el mundo se inclinaba hacia un precipicio.
—Tiene que llevarlos al hospital —dijo.
—El médico privado ya los revisó.
—Dije hospital.
Simon se quedó quieto.
—Los hospitales hacen preguntas.
—Entonces deje que las hagan.
—Natasha.
—No.
Esta vez no levantó la voz.
No hizo falta.
—Si quiere que yo me quede, esos bebés tendrán atención médica independiente, no solo médicos que le deben favores.
Simon la observó durante varios segundos.
—¿Me estás dando un ultimátum?
—Sí.
Enzo, desde la puerta, pareció rezar por su alma.
Simon miró a sus hijos.
Luego a ella.
—Elige el hospital.
Natasha eligió uno donde nadie conociera el apellido Gambino más allá de los titulares.
Los bebés fueron examinados.
No había sustancias extrañas en sangre.
No había daño nuevo.
Solo el historial complicado de siempre, el cuerpo pequeño intentando aprender a vivir.
Natasha lloró en el baño del hospital.
No por miedo solamente.
Por alivio.
Por Mia.
Por los gemelos.
Por la horrible certeza de que ya no podía fingir distancia profesional.
Cuando salió, Simon estaba en el pasillo, apoyado contra la pared, con la chaqueta colgada del brazo y el rostro cansado.
—No has comido —dijo.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Ese es su modo de pedir perdón?
—No sé pedir perdón bien.
—Se nota.
Él aceptó el golpe.
—Lo siento.
Natasha parpadeó.
No esperaba oír esas dos palabras de él.
No así.
—No por llevarlos al hospital —dijo Simon—. Por hacerte parte de algo peligroso sin decirte la verdad completa.
—Usted nunca dice la verdad completa.
—Estoy intentando empezar.
Ella lo miró.
—No empiece conmigo si solo va a hacerlo cuando le conviene.
Simon bajó la mirada.
—Justo.
Esa palabra quedó entre ellos.
Justo.
No bonito.
No romántico.
Justo.
Pasaron los días y el ático cambió otra vez.
Esta vez no por lámparas ni mantas.
Por reglas nuevas.
Los bebés tenían médicos externos.
Natasha tenía su propio teléfono, su propia llave y un contrato revisado por una abogada que no trabajaba para Simon.
Simon no lo disfrutó.
Pero firmó.
Ella también pidió algo más.
—Quiero pagar mis deudas médicas, sí. Pero no quiero que usted lo haga directamente.
Simon frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque si usted paga todo, mi libertad se parecerá a gratitud obligatoria.
Él la miró durante un largo segundo.
—¿Qué propones?
—Un salario real. Transferencias limpias. Impuestos. Horarios. Días libres. Y si quiere donar a programas de terapia musical pediátrica, hágalo sin mi nombre.
Simon casi sonrió.
—Eres la primera persona que me negocia una fortuna hacia abajo.
—Soy la primera persona aquí que no quiere deberle el alma.
La sonrisa desapareció.
—No la quiero.
Natasha sostuvo su mirada.
—Asegúrese de que sus acciones lo sepan.
A partir de entonces, Simon tocó la puerta del cuarto infantil.
Siempre.
Incluso en su propia casa.
Natasha lo notó.
También notó que practicaba el ritmo de tresillos cuando creía estar solo.
Una noche lo encontró en la sala, sentado frente al piano, tocando tres notas con torpeza.
Do.
Mi.
Sol.
Pausa.
Do.
Mi.
Sol.
—Está demasiado rígido —dijo ella desde la puerta.
Simon no se sobresaltó.
Los hombres como él no se sobresaltaban.
Pero sus hombros bajaron un poco.
—El piano nunca me obedeció.
—No es un soldado.
—Eso también se nota.
Natasha se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
—Use menos fuerza.
Él repitió las notas.
Peor.
Ella soltó una risa.
Simon la miró.
—¿Te divierte mi sufrimiento?
—Un poco.
Por primera vez desde que lo conocía, Simon sonrió de verdad.
No como amenaza.
No como máscara.
Como padre cansado intentando aprender una canción para sus hijos.
Aquella sonrisa fue peligrosa de otra manera.
No porque pudiera destruirla.
Sino porque podía hacerla olvidar que debía cuidarse.
—Mia amaba esta progresión —dijo Natasha de pronto.
Simon dejó las manos sobre las teclas.
—¿Quieres contarme?
Natasha miró el piano.
Durante dos años, el nombre de Mia había sido una habitación cerrada dentro de ella.
Esa noche abrió una ventana.
—Tenía siete años.
La voz le tembló.
—Parálisis cerebral. Convulsiones. Una risa enorme.
Simon escuchó sin interrumpir.
—La terapia la ayudaba a mover la mano derecha. Cantábamos canciones tontas. Una vez me dijo que mi voz parecía una sopa caliente.
Natasha sonrió entre lágrimas.
—El día que murió, estábamos trabajando respiración. Todo parecía normal hasta que dejó de estarlo.
Cerró los ojos.
—Los médicos dijeron que no fue culpa mía. Su madre también. Pero mi cuerpo no les creyó.
Simon no tocó su mano.
Ella agradeció que no convirtiera su dolor en escena.
—¿Por eso trabajabas como camarera?
—Porque las mesas no mueren si eliges mal una canción.
Simon cerró los ojos un momento.
—Qué frase tan cruel para decirte a ti misma.
—La crueldad suena más convincente cuando lleva tu propia voz.
Él no respondió rápido.