La niña de 5 años abrazó el ataúd de su padre mientras su tío intentaba echarla de su casa: “Se acabó el teatro”, dijo él, hasta que una señal

PARTE 1
—Si ese ataúd baja a la tierra, la tienda y la casa pasan a ser mías —dijo Arturo, el hermano mayor de Pedro, frente a todos, mientras Mónica sostenía de la mano a su hija de 5 años.
Nadie en la capilla del panteón de San Lorenzo se atrevió a respirar. El cuerpo de Pedro estaba dentro del ataúd de madera clara, cubierto con flores blancas, y todavía no terminaban las oraciones cuando aquel hombre apareció con camisa planchada, lentes oscuros y una carpeta bajo el brazo, como si hubiera llegado a cerrar un negocio y no a despedir a su hermano muerto.
Mónica sintió que las piernas se le doblaban. No habían pasado ni 24 horas desde que Pedro había dejado de respirar en el hospital, y ya estaban intentando arrancarle lo poco que él había construido con sus manos.
Isabel miró a su tío sin comprender del todo, pero apretó los dedos de su madre.
—Mamá, ¿por qué habla así de la casita de papá?
Mónica no respondió. No podía.
Años atrás, Pedro no tenía nada. Había quedado huérfano siendo adolescente y empezó vendiendo fruta en una esquina polvosa del mercado municipal. Bajo el sol, con las manos quemadas y los zapatos rotos, acomodaba mangos, guayabas y manzanas con la esperanza de vender lo suficiente para pagar el cuarto donde dormía.
Fue ahí donde conoció a Mónica, una muchacha sencilla, de sonrisa limpia, que cada mañana compraba fruta para la fonda donde trabajaba su madre. Pedro se ponía nervioso cada vez que ella se acercaba.
—Dame las manzanas más dulces, Pedro. No me vayas a engañar —le decía ella.
—Jamás me atrevería —respondía él, rojo hasta las orejas.
Una tarde de lluvia, ella lo ayudó a salvar las cajas de fruta antes de que el agua se llevara todo. Bajo una lona rota, empapados y riéndose como niños, Pedro se atrevió a decirle que la quería. Mónica, con el cabello pegado al rostro, le contestó que llevaba meses esperando esas palabras.
Se casaron sin lujos, con mole hecho por las vecinas y música prestada de una bocina vieja. Trabajaron juntos hasta convertir el puesto en una frutería pequeña, limpia y llena de vida. Después de 2 años de médicos, rezos y lágrimas, nació Isabel, la niña que hizo que Pedro dijera que ya no necesitaba ganar la lotería porque tenía el premio más grande dormido en sus brazos.
Pero en su cumpleaños número 5, mientras todos cantaban Las Mañanitas, Pedro cayó al suelo con Isabel abrazada a su cuello. Primero dijeron cansancio. Luego estrés. Después vino la verdad: una enfermedad incurable que ya estaba avanzando por dentro.
Mónica se volvió enfermera, esposa, madre y sostén de la tienda al mismo tiempo. Pedro, incluso pálido y con dolor, seguía sonriendo para que Isabel no tuviera miedo.
—Cuando yo no esté, chaparrita, acuérdate de mirar al cielo —le decía.
—No digas eso, papá —contestaba ella, tapándole la boca con sus manitas.
Arturo, que nunca ayudó cuando Pedro era pobre, apareció al enterarse de la enfermedad. Decía que su hermano le debía dinero. Decía que la tienda estaba comprometida. Decía muchas cosas, pero nunca mostró pruebas claras. Pedro se inquietaba cada vez que lo veía.
Y ahora, en pleno funeral, Arturo sostenía aquella carpeta como si fuera una sentencia.
—Tengo documentos —dijo en voz alta—. Pedro me firmó todo antes de morir. La viuda tiene 3 días para salir.
Los vecinos comenzaron a murmurar indignados. Mónica tembló. Isabel soltó la mano de su madre y caminó hacia el ataúd.
—Quiero abrazar a mi papá por última vez —dijo la niña.
Arturo soltó una risa seca.
—Abrázalo rápido, porque después se acaba el teatro.
Mónica quiso detener a su hija, pero Isabel ya estaba junto al ataúd, pegando su carita contra la madera. Entonces cerró los ojos y susurró algo que nadie alcanzó a escuchar.
Nadie podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…