PARTE 1
—Llegaste al funeral de mi papá con tu amante embarazada… qué valiente, Rafael.
La voz de Mariana Santillán no tembló.
Rafael Ibarra se quedó inmóvil junto a la entrada del Panteón Francés, en la Ciudad de México, con un traje negro hecho a la medida y una expresión de tristeza que había ensayado frente al espejo esa misma mañana. A su lado, Sofía le apretaba el brazo con una mano sobre el vientre de 6 meses, como si aquel embarazo fuera una corona.
Los murmullos comenzaron de inmediato.
—¿Es ella?
—No puede ser tan descarado.
—En el funeral de don Ernesto…
Rafael fingió no escuchar. Había decidido aparecer ahí con Sofía porque, según él, ya no tenía nada que perder. Don Ernesto Santillán, el poderoso dueño del Grupo Santillán, había muerto. Y con él, pensaba Rafael, también moría la influencia que siempre protegió a Mariana.
Durante años, Rafael había vivido resentido.
Don Ernesto nunca lo quiso.
—Tú no amas a mi hija —le dijo una vez, en su despacho de Polanco—. Amas lo que crees que ella te puede abrir.
Rafael sonrió ese día con educación. Por dentro, juró que algún día le demostraría que se equivocaba.
Pero con el tiempo descubrió otra cosa: el imperio Santillán no era tan invencible como parecía. Había rumores de deudas, demandas, socios molestos, auditorías internas y proyectos detenidos en Monterrey, Guadalajara y Querétaro. Rafael había revisado documentos, escuchado conversaciones, seguido pistas. Todo apuntaba a que la familia estaba cayendo.
Por eso se permitió humillar a Mariana.
Por eso se enamoró, o creyó enamorarse, de Sofía.
Y por eso llegó al funeral con ella.
Quería que todos vieran que Mariana estaba terminada.
Mariana estaba frente al mausoleo familiar, vestida de negro, con el cabello recogido y el rostro pálido. No lloraba. Eso irritó a Rafael más que cualquier escena dramática. Él esperaba verla rota, avergonzada, escondida detrás de unos lentes oscuros.
Pero Mariana lo miraba como si ya supiera el final de una historia que él apenas estaba empezando a entender.
Sofía inclinó la cabeza y murmuró:
—No te preocupes. Hoy se acaba todo.
Rafael asintió.
Había solicitado el divorcio 3 semanas antes. Había bloqueado tarjetas, movido dinero de cuentas compartidas y filtrado a varios conocidos que Mariana estaba emocionalmente inestable desde la enfermedad de su padre.
Incluso había dicho, con falsa preocupación:
—No quiero hacerle daño, pero Mariana ya no está bien. Su familia se está hundiendo y ella no acepta la realidad.
Aquella mañana, creyó que la realidad por fin lo favorecía.
El abogado de la familia, licenciado Octavio Rivas, subió a una pequeña plataforma colocada junto a los arreglos florales blancos. Abrió una carpeta de piel negra y pidió silencio.
—Por instrucciones expresas de don Ernesto Santillán, la lectura de su testamento se realizará aquí, frente a la familia directa, socios principales y representantes legales.
Rafael arqueó una ceja. Le parecía teatral. Muy al estilo de su suegro.
Mariana no se movió.
Octavio comenzó con propiedades menores, donaciones a fundaciones, becas para hijos de empleados y algunos bienes para familiares lejanos. Rafael escuchó con impaciencia. Sofía, en cambio, sonreía discretamente, como si ya estuviera imaginando la casa de Lomas de Chapultepec donde vivirían después.
Entonces el abogado cambió el tono.
—En cuanto al control accionario del Grupo Santillán, las filiales internacionales, los fideicomisos privados y los activos personales resguardados en bancos de México, Estados Unidos y Suiza…
Rafael levantó la mirada.
Octavio respiró hondo.
—Todo queda transferido de manera exclusiva e irrevocable a su única hija, Mariana Santillán Robles.
El silencio fue brutal.
Un primo de Mariana preguntó casi sin voz:
—¿De cuánto estamos hablando?
El abogado revisó la hoja, aunque parecía saber la cifra de memoria.
—Aproximadamente 300 millones de dólares, sin contar la revaluación de activos industriales pendiente.
Sofía soltó el brazo de Rafael.
Rafael sintió que el aire se le iba del pecho.
—Eso es imposible —susurró.
Mariana dio un paso hacia él. No sonrió de inmediato. Primero lo miró. Lo miró como se mira a alguien que acaba de caer en una trampa preparada con paciencia.
Luego se acercó lo suficiente para que solo él y Sofía escucharan.
—Ahora dime, Rafael… ¿quién necesita a quién?
Sofía retrocedió medio paso.
Rafael quiso responder, pero no encontró una sola palabra que no sonara ridícula.
Entonces Octavio volvió a hablar.
—Hay una cláusula adicional que don Ernesto ordenó leer únicamente en presencia del señor Rafael Ibarra.
Todas las cabezas giraron hacia él.
Rafael sintió un golpe frío en la nuca.
—Durante los últimos 3 años —continuó el abogado— se documentaron actos de infidelidad, uso indebido de información corporativa, transferencias no autorizadas y posibles desvíos vinculados al señor Ibarra.
Mariana ya no parecía una viuda herida.
Parecía una mujer que había esperado demasiado tiempo para cerrar la puerta.
Octavio levantó otra carpeta.
—Y por voluntad de don Ernesto, esta información será entregada hoy mismo a las autoridades correspondientes.
Sofía lo miró horrorizada.
Rafael intentó acercarse a Mariana.
—Mariana, espera. Esto no es lo que parece.
Ella no se apartó. Solo lo miró con una calma insoportable.
—No, Rafael. Es exactamente lo que parece.
En ese instante, 2 hombres vestidos de civil entraron al panteón y caminaron directo hacia el abogado con sobres sellados.
Rafael entendió que no había llegado al funeral de su suegro.
Había llegado a su propia sentencia.
Y cuando uno de esos hombres pronunció su nombre completo frente a todos, Rafael supo que lo que venía era mucho peor de lo que podía imaginar.
PARTE 2
Rafael pasó los siguientes días intentando convencerse de que todavía tenía salida.
La primera noche llamó a Mariana 27 veces. Ella no contestó. Le mandó mensajes largos, después mensajes cortos, después amenazas disfrazadas de advertencias.
“Podemos arreglar esto como adultos.”
“Piensa en lo que dirá la prensa.”
“No te conviene destruirme.”
“No olvides que sé cosas de tu familia.”
Mariana no respondió ninguno.
Sofía, en cambio, no dejó de reclamar.
—Me dijiste que ella estaba acabada.
—Lo estaba —respondió Rafael, caminando de un lado a otro en el departamento de Santa Fe.
—No, Rafael. Una mujer acabada no hereda 300 millones de dólares.
Él la miró con rabia.
—No me hables así.
Sofía se tocó el vientre.
—Tienes que arreglarlo. Mi hijo no va a nacer en medio de un escándalo.
Rafael casi se rio. Su hijo. Su escándalo. Su dinero. Todo el mundo parecía pedirle algo, pero nadie entendía que él también estaba perdiendo.
A los 4 días, Mariana aceptó verlo.
Eligió un restaurante discreto en Polanco, de esos donde los meseros no preguntan y los clientes fingen no escuchar. Rafael llegó temprano. Se había puesto su mejor reloj, aunque sabía que una de sus cuentas ya estaba congelada.