PARTE 2
Llevé a Mariana al hospital privado más cercano, con Mateo llorando en su sillita y mi corazón hecho pedazos. En urgencias, la doctora no tardó mucho en decirme lo que yo ya temía.
“Su esposa está agotada física y emocionalmente. Tiene signos de deshidratación, falta severa de sueño y estrés extremo. ¿Quién la estaba cuidando?”
No supe qué responder.
Porque la respuesta me quemaba la garganta.
Mi madre.
Después de unas horas, cuando Mariana abrió los ojos, lo primero que hizo fue buscar a Mateo.
“¿Dónde está mi bebé?”
“Está conmigo, amor. Está bien. Ya estamos lejos.”
Entonces se quebró.
Lloró como si hubiera estado aguantando un mundo entero en silencio. Me contó todo en pedazos, con la voz rota, mientras yo sostenía su mano.
Mi madre le decía floja. Mala esposa. Mala madre. Le repetía que yo trabajaba demasiado para llegar a una casa sucia. Que un hombre como yo merecía una mujer “completa”, no una muchachita débil que lloraba por cualquier cosa.
Le quitaba el celular durante horas.
Le decía que no me llamara porque yo estaba ocupado.
Cuando Mateo dormía, mi madre entraba al cuarto y hacía ruido, prendía la luz o lo movía para que despertara.
“Me decía que una buena madre no duerme mientras su bebé puede necesitarla”, susurró Mariana. “Quería que yo pareciera loca, Diego.”
Sentí que algo dentro de mí se apagó.
No era coraje solamente. Era una vergüenza profunda. Yo había metido al enemigo a mi casa y le había entregado a mi esposa en bandeja.
Esa misma noche renté una suite en un hotel. No íbamos a volver mientras mi madre siguiera ahí.
Cuando por fin logré que Mariana y Mateo descansaran, abrí desde mi celular las cámaras de seguridad de la casa. Las habíamos instalado por seguridad, no por desconfianza. Nunca imaginé que terminarían mostrando la verdad.
Vi a mi madre caminar por la sala, furiosa, hablando sola. Luego la vi entrar a nuestra recámara. Abrió cajones. Revisó papeles. Sacó una carpeta donde teníamos actas, pasaportes y documentos de Mateo.
Me quedé helado.
Después entró al cuarto de Mariana y tomó una cajita de madera que pertenecía a su abuela. Dentro estaba una cadena de oro con una medalla de la Virgen de Guadalupe, lo único valioso que Mariana conservaba de su familia.
Mi madre la guardó en su bolsa.
Apreté el teléfono hasta que me dolieron los dedos.
Al día siguiente fui a la casa acompañado por dos policías, solo para evitar problemas. Mi madre abrió vestida como si fuera a misa: collar de perlas, labios rojos, mirada de ofendida.
“Ya era hora”, dijo. “Trae a tu esposa para que me pida perdón.”
Le entregué una notificación legal. Tenía treinta días para irse, pero desde ese momento quedaba prohibido que se acercara a Mariana o a Mateo.
Mi madre soltó una carcajada.
“¿Vas a escoger a esa inútil por encima de tu propia madre?”
La miré sin reconocerla.
“Voy a escoger a mi familia.”
Entonces su cara cambió.
Se acercó y susurró:
“Ten cuidado, Diego. Una madre sabe cosas que una esposa jamás debería saber.”
Y ahí entendí que todavía no había mostrado su peor golpe.