PARTE 1
—A la gala no vas como mi esposa; si insistes en aparecer, te quedas callada en una esquina, porque esta noche Viviana va a estar a mi lado —dijo Santiago Ávila, sin bajar la voz.
Mariana Salcedo lo miró desde la puerta del vestidor de la mansión familiar en Las Lomas. No lloró. No gritó. Solo sintió cómo algo, muy dentro de ella, terminaba de romperse con un sonido seco, invisible.
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Durante 3 años había sido la esposa perfecta para la familia Ávila. Había dejado su puesto en una firma de inversión de Santa Fe, había puesto su apellido, sus contactos y su propio capital para rescatar a Grupo Ávila cuando los bancos ya les cerraban las puertas. Había aprendido a sonreír en comidas eternas, a soportar las miradas de Leonor, su suegra, y a fingir que no le dolía que cada Navidad le preguntaran cuándo iba a “darle un heredero” a Santiago.
Pero esa noche, frente a ella, su marido acababa de confesar lo que llevaba semanas negando.
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Viviana Becerra había vuelto de Madrid después de un divorcio escandaloso. Había sido el primer amor de Santiago en la Ibero, la muchacha de familia elegante, voz dulce y sonrisa frágil que Leonor siempre mencionaba como “la clase de mujer que sí sabe acompañar a un Ávila”. Mariana había visto las fotos: Santiago recogiéndola en el aeropuerto, Santiago llevándola a cenar a un restaurante japonés en Polanco, Santiago entregándole una caja de joyería con un collar de diamantes.
—¿También la vas a presentar como socia estratégica? —preguntó Mariana, con una calma que a él le incomodó.
Santiago se quitó el saco con brusquedad.
—No empieces con tus escenas. Viviana está sola, acaba de pasar por un divorcio y necesita apoyo. Además, sabe moverse en esos eventos. Tú solo sabes hablar de estados financieros y poner cara de juez.
La frase fue más cruel que cualquier infidelidad. Mariana pensó en las noches que había pasado revisando contratos para salvarle proyectos, en los créditos que ella había garantizado, en las juntas donde Ernesto Ávila, su suegro, le pedía opinión porque sabía que su hijo no entendía la mitad de los riesgos.
—Entonces firma el divorcio —dijo.
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Santiago se quedó inmóvil.
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Mariana sacó una carpeta azul de su escritorio y la puso sobre la cama. Dentro estaban el convenio de separación, la lista de bienes, los comprobantes de inversión y la solicitud de retiro de capital que su abogada llevaba días preparando.
—Ahí está todo. Mi parte, mis acciones preferentes y los préstamos que hice a la empresa. Quiero salir limpia.
Santiago leyó apenas la primera página y soltó una risa seca.
—¿De verdad crees que puedes asfixiar a mi familia por celos? Ese dinero ya está dentro del grupo. No seas ridícula.
—Ese dinero sigue siendo mío.
—Sin los Ávila, tú no eres nadie en esta ciudad.
Mariana no contestó. Tomó su bolsa y salió del cuarto. Esa misma noche se mudó a la habitación de visitas.
Durante las siguientes 2 semanas, Santiago dejó de disimular. Viviana empezó a visitar la oficina, Leonor mandó traerle un vestido marfil para la gala anual de la fundación y los empleados bajaban la mirada cada vez que Mariana cruzaba los pasillos. La estaban borrando dentro de su propia casa.
La víspera del evento, Mariana bajó por agua y escuchó la voz de Santiago detrás de la puerta del estudio.
—No importa lo que diga mi esposa. Mañana entras conmigo. Quiero que todos vean quién merece realmente estar a mi lado.
Del otro lado, Viviana respondió con una dulzura venenosa:
—¿Y si Mariana hace un escándalo?
Santiago se rió.
—No se atreverá. Sin esta familia, se queda sola.
Mariana apretó el vaso hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Luego subió a su cuarto, abrió la laptop y llamó a la licenciada Valeria Duarte.
—Ejecuta el plan —dijo—. Mañana recupero mi dinero.
Y Mariana entendió que nadie en esa casa podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
PARTE 2
A las 7 de la mañana del día de la gala, mientras Leonor supervisaba flores, menú, prensa y acomodo de mesas como si preparara una boda real, Mariana firmaba documentos notariales en la habitación de visitas.
La licenciada Duarte llegó con un equipo discreto: una auditora forense, un notario y 2 asistentes que parecían sombras vestidas de negro. Sobre la mesa colocaron contratos, estados de cuenta, actas del Consejo y una memoria plateada con respaldo cifrado. En esos archivos estaban los 3 años de transferencias que Mariana había hecho para sostener a Grupo Ávila, pero también algo peor:
facturas infladas, pagos a empresas fantasma y desvíos autorizados con la firma digital de Santiago.
Mariana había guardado todo por prudencia, no por venganza. Ahora la prudencia se había convertido en defensa.
Al mediodía, Ernesto Ávila regresó de Monterrey, donde cerraba una negociación con bancos. Se sentó a comer con la familia y preguntó, serio:
—¿Por qué Mariana no está participando en la gala si sigue siendo la esposa de Santiago?
Leonor sonrió con rigidez.
—Ha estado muy sensible. Viviana nos ayudó muchísimo. Es encantadora.
Ernesto golpeó la mesa con el tenedor.
—Viviana es una invitada, no la señora de esta casa. Santiago, vas a ir con Mariana. No se discute.
Santiago se tensó. Mariana levantó la mirada.
—Yo iré —dijo—. Pero mientras siga siendo la esposa legal de Santiago, exijo el respeto mínimo. Si ciertas personas aparecen para humillarme, no prometo cuidar la imagen de la familia.
El silencio cayó sobre el comedor. Leonor entendió la amenaza y se puso pálida de coraje. Ernesto miró a su hijo como si acabara de notar una grieta peligrosa.
Horas después, en el Hotel Presidente de Polanco, los flashes iluminaron la entrada. Mariana bajó de la camioneta con un vestido negro de terciopelo, sencillo y perfecto. No parecía una mujer derrotada. Parecía alguien que ya había tomado una decisión.
Santiago, en cambio, no podía dejar de mirar el celular.
Al entrar al salón, los empresarios, políticos retirados y apellidos antiguos de la Ciudad de México saludaron a los Ávila con sonrisas medidas. Mariana permaneció junto a Ernesto, impecable, respondiendo con frases breves. Algunos invitados cuchicheaban; otros buscaban con la mirada a Viviana.
No tardó en aparecer.
Entró del brazo de Ricardo Ávila, un tío lejano de Santiago. Llevaba un vestido marfil y el collar de diamantes que Mariana había visto en la factura. La sala cambió de temperatura. Las miradas fueron de ella a Santiago, de Santiago a Mariana.
Santiago caminó hacia Viviana con una seguridad que parecía desafío.
—No sabía que vendrías —mintió, ofreciéndole el brazo.
Viviana bajó los ojos.
—Tu tío insistió. No quiero causar problemas.
Pero aceptó su brazo.
Mariana sintió la humillación expandirse como un incendio silencioso. Leonor no la defendió. Al contrario, sonrió con satisfacción. Entonces Santiago llevó a Viviana hasta el centro del grupo principal.
—Les presento a Viviana Becerra, compañera de universidad y colaboradora estratégica de un proyecto internacional de Grupo Ávila.
Mariana miró el collar, luego a Santiago.
—Qué curioso —dijo con suavidad—. En Grupo Ávila siempre fueron estrictos con los regalos a colaboradores. No sabía que ahora los socios estratégicos recibían diamantes con cargo a tarjetas corporativas.
El murmullo se apagó de golpe.
Santiago se puso rojo.
—Estás haciendo el ridículo.
—No. Estoy preguntando si el director general recuerda sus propias políticas de cumplimiento.
Viviana perdió el color. Leonor se acercó furiosa.
—Mariana, estás avergonzando a la familia.