PARTE 2
Durante unos segundos me quedé completamente inmóvil.
Pensé que Curtis estaba bromeando.
Esperé que sonriera y dijera que todo era una broma de muy mal gusto.
Pero nunca ocurrió.
Él siguió bebiendo tranquilamente su champán mientras me observaba con una expresión de absoluta indiferencia.
—¿No vas a decir nada? —preguntó.
—¿Después de diez años... esto es lo que soy para ti?
Se encogió de hombros.
—No hagas esto más difícil de lo que ya es.
Sentí un vacío en el pecho.
—Te amé, Curtis.
Él soltó una pequeña risa.
—Lo sé.
—Cuidé de tu padre porque era mi familia. Familia
—Sí, y te lo agradezco.
Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un cheque.
Lo lanzó al suelo, justo delante de mí.
—Diez mil dólares.
Miré el papel sin moverme.
—¿Qué es esto?
—Tu pago.
—¿Mi... pago?
—Tres años cuidando a mi padre. Considero que es una cantidad bastante generosa.
Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.
—No era una empleada.
—No, Vanessa. Eras una esposa... hasta hoy.
Respiré profundamente intentando mantener la calma.
—¿Estás diciendo que quieres divorciarte?
—Exactamente.
Lo dijo con una tranquilidad que me heló la sangre.
—Pero...
—Escúchame bien.
Se acercó unos pasos.
—Durante años viví limitado.
Papá controlaba todo.
El dinero.
Los negocios.
Las inversiones.
Ahora todo es mío.
Voy a viajar.
Voy a comprar un yate.
Una mansión frente al mar.
Voy a entrar en círculos donde una mujer como tú simplemente no encaja.
Sentí que cada palabra era una puñalada.
—¿Una mujer como yo?
—Sí.
—¿Qué significa eso?
Me miró de arriba abajo.
—Eres demasiado sencilla.
Demasiado común.
No tienes la imagen que necesito.
Mi nueva vida exige otro tipo de esposa.
No podía creer lo que estaba escuchando.
Diez años de matrimonio reducidos a una cuestión de apariencia.
—Arthur estaría avergonzado de ti.
Por primera vez su expresión cambió.
Solo durante un segundo.
Después volvió a sonreír.
—Mi padre ya no puede opinar.
Y eso es precisamente lo que hace que todo sea mucho más fácil.
Aquellas palabras terminaron de romperme.
Intenté hablar con él una última vez.
Le recordé nuestro primer apartamento.
Las noches sin dinero.
Los sacrificios.
Las veces que trabajé horas extras para ayudarlo cuando su empresa atravesó problemas.
Nada importó.
Él ya había tomado su decisión.
Tomó el teléfono.
—¿Seguridad?
Dos hombres entraron pocos minutos después.
Los conocía.
Habían trabajado durante años para Arthur.
Me miraban con tristeza.
—Señora Vanessa...
—Lo sentimos mucho.
Curtis los interrumpió.
—Sáquenla.
Ahora mismo.
No quiero volver a verla dentro de esta casa. Mercadoinmobiliario
Los guardias bajaron la cabeza.
Uno de ellos incluso parecía avergonzado.
Me ayudaron a recoger las maletas.
Ninguno dijo una palabra.
Cuando crucé la puerta comenzó a llover.
Una lluvia intensa.
Fría.
Curtis permanecía en el balcón con su copa en la mano.
Levantó el vaso hacia mí como si estuviera celebrando una victoria.
Aquella imagen quedó grabada para siempre en mi memoria.
Dormí esa noche dentro de mi automóvil, estacionado frente a un supermercado abierto las veinticuatro horas.
No pude dormir.
Solo lloré.
Pensé en Arthur.
Pensé en mi matrimonio.
Pensé en todos los años que había entregado a un hombre que nunca me había amado de verdad.
Los días siguientes fueron un infierno.
Busqué un pequeño apartamento que pudiera pagar.
Vendí algunas joyas para cubrir los primeros gastos.
Encontré un empleo temporal en una clínica privada.
Mientras tanto, Curtis enviaba a sus abogados para acelerar el divorcio.
Parecía desesperado por borrar cualquier rastro de mí de su nueva vida.
Firmé los documentos sin discutir.
No quería volver a verlo jamás.
Tres semanas después, cuando comenzaba a reconstruir mi vida poco a poco, recibí una llamada inesperada.
—¿La señora Vanessa Reynolds?
—Sí.
—Habla el despacho del abogado Richard Collins.
Necesitamos que se presente el viernes a las diez de la mañana para la lectura oficial del testamento del señor Arthur Reynolds.
Fruncí el ceño.
—Creo que se equivocan.
Arthur dejó toda su fortuna a Curtis.
El abogado respondió con calma.
—Le aseguro que no hay ningún error.
Su presencia es absolutamente necesaria.
Colgó.
No tenía idea de que aquella llamada cambiaría mi vida para siempre.