PARTE 3
El viernes llegué al despacho diez minutos antes.
Era un edificio elegante en el centro financiero.
El mismo lugar donde Arthur había firmado importantes contratos durante décadas.
Respiré profundamente antes de entrar.
Al abrir la puerta vi una larga mesa de madera.
Abogados.
Contadores.
Dos antiguos socios de Arthur.
Y, por supuesto...
Curtis.
Llevaba un traje italiano nuevo.
Un reloj mucho más caro que el anterior.
Estaba riendo mientras hablaba de comprar una villa en Italia.
Cuando me vio entrar, levantó una ceja.
—¿Qué haces aquí?
No respondí.
Él sonrió con desprecio.
—¿Viniste por curiosidad?
Porque no recibirás absolutamente nada.
Mi padre dejó todo para mí.
Uno de los abogados pidió silencio.
Todos tomaron asiento.
Richard Collins abrió una carpeta gruesa.
—Comenzaremos con la lectura del testamento del señor Arthur Reynolds.
Durante casi una hora explicó propiedades, edificios, inversiones internacionales y acciones de distintas empresas.
Todo sumaba aproximadamente...
Setenta y cinco millones de dólares.
Curtis apenas podía contener la sonrisa.
Incluso empezó a escribir en su teléfono.
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Seguramente ya hacía planes sobre cómo gastaría la fortuna.
Entonces Richard tomó otro sobre completamente sellado.
Miró a todos los presentes.
—Existe un documento adicional que el señor Reynolds ordenó abrir únicamente después de leer el testamento principal.
Curtis dejó de sonreír.
—¿Qué documento?
Richard rompió el sello lentamente.
El silencio era absoluto.
Podía escucharse el aire acondicionado.
Después comenzó a leer.
—"Si están escuchando estas palabras, significa que ya no estoy con ustedes..."
Todos permanecían inmóviles.
La voz del abogado resonaba en toda la sala.
—"Conozco a mi hijo mejor que nadie."
Curtis cruzó los brazos.
—"Sé que el dinero tiene la capacidad de mostrar el verdadero rostro de las personas."
Vi cómo Curtis tragaba saliva.
Era la primera vez que parecía incómodo.
Pero aquello apenas estaba comenzando...