PARTE 2
El autobús llegó a Querétaro cerca de la medianoche. Mariana bajó con su maleta pequeña, el rostro pálido y una mano sobre el vientre.
En la terminal la esperaban sus padres.
Su madre, Teresa, corrió hacia ella. No preguntó nada. Solo la abrazó con tanta fuerza que Mariana sintió cómo se le rompía por dentro la última defensa.
—Ya estás en casa, hija —susurró.
Su padre, don Ernesto, tomó la maleta. Era un hombre serio, de pocas palabras, pero esa noche sus ojos estaban húmedos.
En el coche, Mariana contó todo: la cena, el divorcio, el embarazo, las palabras de Alejandro.
Esperaba regaños. Esperaba escuchar “te lo dijimos”. Cuando se casó, sus padres se opusieron porque sentían que Alejandro siempre ponía a su madre y a su hermana por encima de todo. Mariana no quiso escuchar. Se fue a vivir a la capital creyendo que el amor era suficiente.
Pero don Ernesto solo dijo:
—Gracias a Dios regresaste. Lo demás lo arreglamos juntos.
Mariana lloró en silencio.
Al día siguiente, mientras desayunaba caldo de pollo que su madre le preparó para las náuseas, su padre puso una tarjeta sobre la mesa.
—A las 11 tienes cita con una abogada. Se llama Lucía Robles. Es especialista en divorcios.
Mariana levantó la mirada.
—Papá, yo no quiero pelear.
—No se trata de pelear —respondió él—. Se trata de que no te pisoteen más.
A las 9:30 llegó un mensajero con un sobre enviado desde la Ciudad de México.
Era de Alejandro.
Mariana lo abrió y sintió que la sangre se le congelaba.
Alejandro le pedía firmar un convenio donde ella renunciaba al departamento, a cualquier bien adquirido durante el matrimonio, a pensión para ella y a reclamar cualquier dinero usado “por voluntad propia” en gastos familiares.
Sobre el bebé, solo había una línea:
“Ambas partes discutirán el tema en el futuro.”
Doña Teresa golpeó la mesa con la palma.
—¿Pero qué se cree este hombre?
Don Ernesto leyó todo en silencio. Luego dobló los papeles.
—Llévaselo a la abogada.
La licenciada Lucía Robles era una mujer de unos 45 años, elegante, tranquila, con una mirada que parecía leer mentiras antes de escucharlas. Revisó el convenio sin cambiar de expresión.
—Tu esposo quiere que salgas sin nada antes de que entiendas tus derechos —dijo—. Y lo del bebé está escrito así para dejarte vulnerable.
Mariana bajó la mirada.
—Yo solo quiero alejarme.
—Entonces hay que hacerlo bien. Tu hijo tiene derechos. Tú también. La bondad no significa regalarle tu vida a quienes abusaron de ella.
Mariana abrió su bolso y sacó una memoria USB, recibos, estados de cuenta y capturas impresas.
La abogada arqueó una ceja.
—¿Qué es esto?
—Pagos de colegiatura de Diego. Seguro médico de Claudia. Transferencias mensuales a doña Carmen. Reparaciones del departamento. Compras de comida. Mensajes donde Claudia me pedía dinero y luego decía que yo era una mantenida.
Lucía revisó las hojas con atención.
—¿Desde cuándo guardas esto?
—Desde que Claudia empezó a decirle a Alejandro que yo no aportaba nada.
La abogada cerró la carpeta.
—Entonces no vamos a pedir venganza. Vamos a pedir justicia.
Esa tarde, Alejandro llamó 8 veces. Mariana no contestó. Luego llegó un mensaje:
“¿Qué vamos a hacer con la colegiatura de Diego? La escuela me mandó aviso. No me pongas en vergüenza.”
Mariana respondió:
“Durante años la pagué por cariño. Ese cariño se terminó.”
Él escribió:
“No sabía que salía de tu dinero.”
Mariana leyó esa frase y sintió una tristeza seca.
Sí sabía. O tal vez nunca quiso saber.
Los siguientes días fueron tensos. Claudia le mandaba mensajes llamándola egoísta, dramática, mala esposa. Doña Carmen le escribió:
“Una mujer decente mantiene unida a su familia. Estás destruyendo todo por dinero.”
Mariana no respondió.
La abogada presentó la demanda de divorcio antes de que Alejandro pudiera imponer su convenio. Incluyó división justa de bienes, reconocimiento de aportaciones económicas y pensión alimenticia para el bebé cuando naciera.
Cuando Alejandro recibió la notificación, llamó furioso.
—¿Me demandaste?
—Sí.
—Los problemas de pareja se arreglan en casa.
—Tú me mandaste un convenio para dejarme sin nada. Eso no era arreglar. Era aprovecharte.
Alejandro guardó silencio.
—No tenías que llegar tan lejos —murmuró.
Mariana respiró hondo.
—Tú llegaste lejos cuando dijiste divorcio frente a tu madre y tu hermana.
Colgó.
Esa noche, mientras se acostaba en su antiguo cuarto, Mariana puso una mano sobre su vientre.
—No voy a dejar que crezcas entre gente que nos ve como carga —susurró.
El bebé aún no se movía, pero ella sintió algo parecido a una respuesta: una fuerza pequeña, invisible, empujándola a no volver atrás.
Una semana después llegó la fecha de la primera audiencia. Y Mariana supo que, por primera vez en 7 años, la verdad no se iba a discutir en una mesa familiar llena de gritos, sino frente a alguien que sí podía obligarlos a escuchar.