PARTE 2
Mariana esperó a que Diego se durmiera en el cuarto de visitas. Luego llevó la laptop al comedor destruido.
Sergio cuidaba esa computadora como si guardara secretos de gobierno. Aquella noche, después de leer la notificación, Mariana entendió por qué.
La contraseña era la fecha de cumpleaños de doña Elvira. Entró al primer intento.
Lo primero que encontró fueron transferencias. En seis meses, Sergio había enviado más de un millón de pesos a la cuenta de su madre. Los conceptos decían “medicina”, “ahorro terreno”, “para la casa nueva” y “lo que me debes por cuidarte”.
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Pero el sueldo de Sergio no alcanzaba ni para la mitad de eso.
Después apareció otro nombre: Paola Ríos.
Cada semana recibía depósitos para renta, consultas médicas, ropa, muebles y “antojos del bebé”.
Mariana sintió que el estómago se le cerraba.
Abrió WhatsApp Web.
Paola había escrito esa misma tarde:
“Apúrate con la firma. La agencia no va a apartar la camioneta para siempre. Tu hijo y yo merecemos vivir bien.”
Sergio respondió:
“Mi mamá ya la está presionando. Le diré que mi empresa va a quebrar y que necesitamos hipotecar el departamento. La provinciana siempre termina obedeciendo.”
Mariana siguió leyendo aunque cada mensaje dolía.
Doña Elvira sabía todo. Visitaba a Paola, le llevaba vitaminas y le prometía que pronto vivirían en un departamento “de verdad”. En un audio, la mujer hablaba con total claridad. Gentey sociedad
“Cuando salga el préstamo, la corremos de su propia casa. Con ese dinero pagamos la camioneta, tus deudas y el enganche del departamento de Paola. Mariana no tiene carácter. Solo hay que asustarla.”
Pero había algo peor.
Tres años antes, Mariana le había dado a Sergio ochocientos mil pesos para abrir una agencia de publicidad. Seis meses después, él lloró diciendo que sus socios lo habían estafado.
Los documentos demostraban que la agencia nunca existió.
El dinero terminó en un terreno en Tonalá, registrado a nombre de doña Elvira.
De pronto, todo tuvo sentido: las enfermedades inventadas, los préstamos urgentes, las juntas nocturnas, los viajes “con clientes”, los recibos falsos cargados a la empresa de Mariana. Mientras ella trabajaba hasta la madrugada, ellos construían otra vida con su dinero.
El celular sonó.
Era Sergio.
“Devuélveme mi computadora”, exigió. “Si abriste algo, te voy a denunciar.”
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Mariana activó la grabadora.
“¿Te preocupa la hipoteca de mi departamento?”, preguntó. “¿O los mensajes sobre el hijo que esperas con Paola?”
Del otro lado solo se escuchó su respiración.
“Mariana, puedo explicarlo.”
“Explícalo en el juzgado.”
Esa noche copió estados de cuenta, mensajes, audios, fotos, contratos y facturas en tres memorias USB. Al amanecer llamó a la licenciada Robles, una abogada especializada en divorcios y fraude patrimonial.
A las diez de la mañana, Sergio y doña Elvira aparecieron en el pasillo con cara de arrepentimiento. Cuando Mariana no abrió, empezaron las amenazas. Exigieron la mitad del departamento y un millón de pesos para firmar el divorcio.
Entonces llamó la abogada.
“Mariana, encontré algo en los papeles del terreno. Sergio no actuó solo. Hay un contador involucrado, y esto puede pasar de divorcio a carpeta de investigación.”
Mariana miró por la mirilla. Doña Elvira sonreía, convencida de que todavía podía destruirla.
Lo que no sabía era que el hombre que firmó con Sergio estaba a punto de traicionarlos.