PARTE 1
—Tu madre ya está enterrada, Verónica; deja de llorar y ponte a cocinar.
Graciela Torres lo dijo desde la puerta de la recámara, sin bajar la voz, aunque Sofía, mi hija de 6 años, dormía abrazada a mi suéter. Yo había vuelto hacía menos de una hora del panteón civil de San Lorenzo Tezonco. Todavía llevaba la blusa negra húmeda por la lluvia y en la bolsa guardaba el rosario de mi mamá, Rosa, el único objeto que logré sostener durante el entierro sin derrumbarme.
Mauricio, mi esposo, no fue. Dijo que en la agencia de autos no le dieron permiso. Después descubrí que había pasado la tarde viendo un partido con sus amigos. Mi suegra tampoco apareció. Según ella, no soportaba los cementerios porque le bajaba la presión.
Sin embargo, esa mañana sí tenía energía para organizar el aniversario de bodas de su hija Lorena. Habían invitado a 24 personas a nuestra casa en Iztapalapa y esperaban que yo preparara pozole, tostadas, arroz, gelatina y pastel.
—No puedo —respondí—. Ni siquiera he dormido.
—Dormirás cuando termines. La familia de Lorena ya confirmó.
Miré la sala. Había bolsas de hielo, cajas de cerveza y adornos dorados. Sofía seguía con el uniforme del día anterior porque nadie la había bañado ni llevado a la escuela mientras yo acompañaba a mi madre en el hospital y luego arreglaba sola los papeles del funeral.
Mi mamá había muerto atropellada frente a una tienda de autoservicio. Salió de su pequeña fonda para comprar una vajilla que Graciela le había encargado “de favor” para la fiesta. El conductor escapó.
Saqué de la bolsa una taza rota, envuelta en periódico. Era parte de aquella vajilla. La policía me la entregó junto con el mandil, el celular y las llaves de mi madre.
—Ella salió por algo que usted le pidió.
Graciela alzó los hombros.
—Yo no manejaba el coche. Además, Rosa siempre quería quedar bien con todo el mundo.
Esa frase me atravesó más que cualquier insulto. Durante 9 años yo también había querido quedar bien. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a Lorena cuando se divorció, prestaba dinero que nunca regresaba y atendía a Graciela cada vez que decía sentirse enferma. Mauricio repetía que así funcionaban las familias unidas.
Esa mañana entendí que para ellos la unión consistía en que yo obedeciera.
Me lavé la cara, salí con Sofía y caminé hasta la tienda de la esquina. Regresé 20 minutos después con 24 vasos de sopa instantánea. Los acomodé sobre el mantel, uno frente a cada silla, y dejé una jarra de agua caliente en medio.
Lorena apareció maquillada, con un vestido nuevo.
—¿Qué es esto?
—La cena de tus invitados.
Graciela tiró el primer vaso al piso.
—¡Eres una malagradecida! ¡Esta casa te ha dado todo!
—Esta casa me ha quitado hasta el derecho de despedir a mi madre.
Mauricio llegó poco después. Olía a cerveza. Vio el desastre, me tomó del brazo y apretó hasta hacerme daño.
—Le pides perdón a mi mamá y cocinas. No me hagas quedar como un idiota.
—Suéltame.
—¿O qué?
Fui a la recámara, metí la ropa de Sofía en una mochila y saqué una maleta que había preparado durante la madrugada. Mauricio se rio al verme.
—¿A dónde vas a ir? No tienes trabajo, no tienes ahorros y la fonda de tu madre está llena de deudas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué deudas?
Por primera vez dejó de sonreír.
Graciela intervino de inmediato.
—Tu mamá firmó cosas sin entender. Ya estaba grande.
Saqué de mi bolsillo la llave de la fonda “La Olla de Rosita”, cerca del mercado de Jamaica.
—Entonces voy a averiguar qué firmó.
Graciela bloqueó la puerta.
—La niña se queda. Un padre también tiene derechos.
Sofía se abrazó a mi pierna.
—Quiero ir con mi mamá.
Mauricio se acercó y habló tan bajo que solo yo pude escucharlo.
—Si abres ese local, vas a encontrar problemas que no te convienen.