Eran trillizos. Tenían unos 6 o 7 años. Ojos oscuros, nariz recta, la misma sonrisa traviesa y una forma de mirar que a Sebastián le dio un vuelco en el estómago.
Los 3 niños eran la viva imagen de él. Era como verse en un espejo, pero repetido 3 veces.
El hombre que firmaba negocios de millones de dólares sin parpadear, empezó a sudar frío. Su corazón latía tan fuerte que sentía que se le iba a salir del pecho.
Las dudas le explotaron en la cabeza: ¿No manches, son míos? ¿Por qué me ocultó algo tan cabrón todo este tiempo?
La azafata pasó ofreciendo bebidas, pero Sebastián ni la peló. Se quedó mudo, observando cada gesto de los niños. Mientras más los veía, más sentía una mezcla insoportable de dolor, coraje y asombro.
Del otro lado del pasillo, Camila sintió la mirada. Levantó la vista y, al cruzarse con los ojos de Sebastián, el ruido de los motores del avión pareció desaparecer.
El aire se cortaba con un cuchillo. Todo el pasado que habían querido borrar regresó de un solo golpe. Camila bajó la mirada de volada, como si ver a Sebastián le abriera una herida gigante.
En eso, el niño más inquieto le jaló la manga a su mamá.
—Ma, ¿me das agua?
La voz del niño hizo que a Sebastián se le pusiera la piel de gallina. No solo eran iguales físicamente, el tono de voz era idéntico al de él.
Camila sonrió con ternura. —Sí, mi cielo. Ahorita te pido.
El niño intentó pararse, pero Sebastián saltó de su asiento antes de pensarlo.
—Yo se la traigo, compa —dijo, con la voz temblando.
Camila lo miró con terror, como pidiéndole a gritos que no se acercara. —No te molestes, de verdad.
Pero el niño ya le estaba sonriendo a Sebastián con una confianza brutal. —Gracias, señor.
Esa palabra, “señor”, le cayó como una patada en el estómago. Sebastián le llevó el agua y no aguantó más.
—¿Cómo te llamas, campeón?
—Leo —dijo el niño, dándole un trago al agua.
El segundo asomó la cabeza. —Yo soy Diego.
Y el tercero, con una cara mucho más seria que le recordó a Sebastián sus propias fotos de niño, remató: —Y yo soy Nico.
Leo, Diego y Nico. Trillizos.
Camila cerró los ojos, derrotada. —Sebastián… por favor, ya.
Pero él necesitaba saber la verdad. —¿Cuántos años tienen?
Nico, el más observador, respondió: —Tenemos 6. Ya casi cumplimos 7 en agosto.
Sebastián hizo cuentas en un segundo. 6 años. Casi 7.
Justo hace 7 años, la última vez que se vieron en Valle de Bravo. La noche en que él le juró que dejaría todo por ella. La noche después de la cual ella simplemente se esfumó, dejando solo una nota que decía: “No me busques, es lo mejor”.
Sebastián miró a Camila con los ojos llenos de rabia y dolor. —Tenemos que hablar. Aterrizando.
Nico los miró, confundido. —¿Por qué nos ve tan raro este señor, ma?
Sebastián sintió que se ahogaba. Tragó saliva y dijo: —Porque me recuerdan a alguien que fui hace mucho tiempo.
El avión comenzó a descender. Camila lo miró con una frialdad que a Sebastián le heló la sangre, preparándose para soltarle una verdad que le destruiría la vida por completo.