PARTE 2
El vuelo aterrizó en la CDMX y Sebastián esperó en la zona de reclamo de equipaje. Ignoró las 10 llamadas de sus asistentes. Por primera vez, el dinero y los negocios le valían madre. Solo podía pensar en esos 3 niños.
Camila apareció empujando un carrito con las maletas. Se veía cansada, pero con esa misma vibra que lo enamoró años atrás.
—Mi hermana viene por nosotros en 20 minutos —dijo ella, cortante—. Habla rápido.
Sebastián la miró, incrédulo. —¿Hablar rápido? ¿Me ocultas 3 hijos por 7 años y me das 20 minutos?
Ella se le plantó enfrente. —Tú tampoco me buscaste, Sebastián. No te hagas la víctima.
—¡Te busqué como un loco! —le reclamó él, alzando un poco la voz—. Fui a tu departamento en la Roma, busqué a tu tía en Querétaro. Hasta hablé con Letty para que me ayudara a rastrearte.
La cara de Camila se descompuso al escuchar ese nombre.
—¿Letty? Letty me dijo que ni siquiera preguntaste por mí. Me dijo que andabas en Monterrey, cerrando un negocio y armando tu boda con una niña fresa de San Pedro.
Sebastián sintió que el piso desaparecía. Letty era su socia, su mano derecha, la mujer que manejaba todas sus finanzas.
—Eso es una pendejada. Nunca me iba a casar. Eran reuniones de negocios. ¿Por qué le creíste a ella y no a mí?
Camila sintió que las lágrimas la traicionaban.
—Porque yo estaba sola, tenía 26 años y estaba embarazada. Fui a tu oficina a darte la sorpresa. Letty me interceptó. Me enseñó fotos, correos, pruebas falsas de tu compromiso.
La voz de Camila se quebró. —Me dijo que un escándalo iba a arruinar tus inversiones. Que los niños y yo solo íbamos a destruirte la vida. Te llamé 8 veces esa noche y me mandaste a buzón.
Sebastián recordó ese día. Le habían robado el celular en un evento y Letty se encargó de darle uno nuevo con otro número. Todo había sido un plan. Todo encajaba de la manera más cruel y asquerosa posible.
—Yo nunca te hubiera dejado, Camila. Jamás.
—Pues lo hiciste —lloró ella—. Y yo tuve que fletármela sola. Nico nació con asma severa. Vendía postres, daba clases, me rompía la espalda para pagar los inhaladores y los hospitales. Me daba vergüenza buscarte para pedirte limosna.
A Sebastián le dolió el alma. Él estaba comprando yates mientras la madre de sus hijos no tenía para medicinas. Se sintió como la peor basura del planeta.
En ese momento llegó la hermana de Camila. Los niños empezaron a caminar hacia la salida, pero Diego regresó corriendo. Le dio a Sebastián un avioncito de papel medio arrugado.
—Ten, para que ya no estés triste. Pareces buena onda, aunque te vistes bien aburrido.
Sebastián tomó el papelito con las manos temblando. Vio a sus 3 hijos irse y no aguantó más. El gran “Tiburón” de los negocios bajó la cabeza en medio del aeropuerto y lloró como un niño chiquito, sacando todo el dolor de 7 años perdidos.
A partir de ese día, Sebastián hizo algo impensable. Puso en pausa todos sus proyectos millonarios. Se mudó discretamente a Puebla, a unas cuadras de la casa de Camila.
No llegó con choferes ni aventando lana. Empezó desde cero. Iba al parque con ellos. Se echaba unas cascaritas de fútbol en la banqueta con Leo. Le compraba esquites a Diego. Ayudaba a Nico con su tarea de matemáticas.
Los chamacos se encariñaron rápido. Sebastián no era el magnate para ellos, era el güey buena onda que los escuchaba hablar de dinosaurios por horas.
Camila lo veía desde lejos, muerta de miedo. No quería que le volvieran a romper el corazón.
Un martes por la tarde, la pesadilla de Camila se hizo realidad. Nico tuvo una crisis de asma fuertísima en la escuela. Ella estaba atrapada en el tráfico, sin señal. La maestra llamó al contacto de emergencia: Sebastián.
Él llegó volando. Cargó a Nico, lo metió a su camioneta y se saltó todos los altos hasta el hospital.
Cuando Camila llegó corriendo, pálida y temblando, se encontró con una escena que la destrozó de amor. Sebastián estaba sentado en la camilla, con Nico dormido en su pecho. Le estaba acomodando la mascarilla de oxígeno con una delicadeza infinita.
El médico se acercó a Camila. —Tranquila, señora. Su esposo actuó rápido, le salvó la vida al niño.
Camila no lo corrigió. Escuchar “su esposo” ya no le dolió. Se acercó a Sebastián y le tocó el hombro. —Gracias.
Él la miró con los ojos rojos, llenos de terror y amor al mismo tiempo. —No me des las gracias por cuidar a mi hijo.
Mi hijo. Fue la primera vez que lo dijo en voz alta. Camila rompió a llorar, entendiendo por fin que sus hijos siempre merecieron a este padre.
Meses después, la vida puso las cosas en su lugar. Letty fue arrestada en la CDMX por un fraude corporativo masivo y lavado de dinero. Durante el cateo a su oficina, la policía encontró un disco duro con los correos y mensajes que ella había interceptado hace 7 años.
Letty siempre había estado obsesionada con Sebastián. Destruyó a Camila por envidia pura. Al enterarse, Sebastián ni siquiera sintió coraje, solo lástima. Mandó a sus mejores abogados para asegurarse de que Letty no saliera de la cárcel en décadas.
Un domingo, Sebastián invitó a Camila y a los niños a una cabaña en Valle de Bravo. El mismo lugar donde se despidieron.
Mientras los trillizos jugaban en el pasto, Sebastián invitó a Camila a caminar hacia el muelle. Sacó un papel viejo y amarillento de su chamarra. Era la nota que ella le dejó.
—La guardé 7 años —le dijo, mirándola a los ojos—. Me destruyó la vida, pero hoy quiero que se acabe.
Rompió la nota en pedacitos y los tiró al agua. Camila sintió que por fin podía respirar.
—Tengo miedo, Sebastián —susurró ella, con los ojos llorosos.
—Yo también —le respondió, tomándola de la cintura—. Pero prefiero estar muerto de miedo contigo, que seguir vacío sin ti.
Y entonces, la besó. Un beso de esos que curan, que saben a perdón y a segundas oportunidades.
Pero lo más cabrón pasó en la noche. Estaban cenando tacos, cuando Nico de repente lo miró súper serio.
—Oye… ¿tú sí eres nuestro papá, verdad?
El silencio se apoderó de la mesa. Leo y Diego soltaron sus vasos y lo voltearon a ver.
Sebastián sintió un nudo gigante en la garganta. Se hincó junto a la mesa y los miró a los 3.
—Sí. Sí soy su papá, mis amores.
Los 3 chamacos se le aventaron encima, abrazándolo con todas sus fuerzas. Sebastián, el hombre más temido en los negocios, lloró abrazado a sus hijos, sintiéndose por fin completo.
Semanas después, Sebastián fundó una clínica gratuita en Puebla para niños con enfermedades respiratorias. Cuando un periodista le preguntó por qué donó tanta lana de golpe, su respuesta se hizo viral en todo México:
—Pensé que tenía toda la lana del mundo, pero la neta, era un hombre pobre. Mi verdadera riqueza no empezó cuando gané mi primer millón. Empezó el día en que mis hijos me dijeron papá.
El amor no siempre llega fácil. A veces tiene que sobrevivir a la tormenta, limpiar los escombros y demostrar que, sin importar cuánto tiempo pase, lo que es para ti, siempre encuentra el camino a casa.