PARTE 2
Alejandro bajó el teléfono lentamente.
—¿Qué dijiste, Mateo?
El niño se encogió como si hubiera hecho algo malo. Leo se escondió detrás de su hermano, pero no soltó la manga de su papá. Familia
—Ella dijo que no quería causar problemas —susurró Mateo—. Pero ya no podía respirar bien. Doña Ernestina le dijo que si se iba antes de terminar, usted se iba a enojar porque la casa estaba hecha un desastre. Mercadoinmobiliario
Alejandro sintió un golpe en el pecho.
La casa.
Los pisos brillantes.
Los floreros frescos.
La mesa impecable.
La maldita perfección que él ni siquiera miraba cuando llegaba tarde.
—¿Eso les dijo Ernestina?
Leo negó con la cabeza.
—No a nosotros. A tía Clara. Pero la escuchamos.
Alejandro miró las puertas por donde se habían llevado a Clara. Sus hijos estaban temblando, como si estuvieran reviviendo la muerte de su madre en otro cuerpo.
Entonces entendió algo brutal: en esa casa, los niños habían aprendido a escuchar lo que los adultos callaban. Mercadoinmobiliario
Una doctora salió casi 1 hora después.
—La señora Mendoza está estable. Tiene anemia severa, deshidratación y presión muy baja. No fue un simple desmayo. Su cuerpo llegó al límite.
—¿Puedo verla?
—Solo unos minutos.
Los gemelos quisieron entrar, pero la doctora pidió que esperaran.
—Le diré que están aquí —prometió Alejandro.
Clara estaba en una cama pequeña, con suero en el brazo y los ojos apenas abiertos. Lo primero que hizo fue intentar incorporarse.
—Señor Montes… perdón. Mañana regreso. De verdad. No va a volver a pasar.
Alejandro se acercó rápido.
—No se levante.
—No me corra, por favor —dijo ella, con la voz rota—. Necesito el trabajo. Mi mamá está enferma. Sus medicinas son caras. Yo puedo hacerlo mejor. Puedo quedarme más tarde. Embarazoy maternidad
A Alejandro se le cerró la garganta.
Clara no estaba preocupada por su salud.
Estaba aterrada de perder el sueldo.
—No la voy a correr.
Ella lloró igual.
—Yo sé que a veces tardo con la ropa porque los niños me preguntan cosas. Y sé que no debería jugar con ellos, pero Leo no cena si nadie se sienta con él, y Mateo tiene pesadillas. Yo pensé que si acababa todo después…
Alejandro no pudo hablar.
Ella se estaba disculpando por querer a sus hijos.
Se estaba disculpando por hacer lo que él no había podido hacer.
—¿Qué comió hoy? —preguntó él.
Clara miró hacia otro lado.
—Un café.
—Eso no es comida. Comida
—Iba a comer después de prepararles la cena.
—¿Y ayer?
El silencio fue la respuesta.
Alejandro se llevó una mano a la boca.
Fuera de ese cuarto era un hombre que mandaba en juntas, bancos y constructoras. Ahí, frente a una empleada con suero en el brazo, se sintió como un cobarde.
—Mis hijos la llaman tía Clara.
Una lágrima le cayó por la mejilla.
—Les dije que no lo hicieran.
—¿Por qué?
—Porque yo trabajo para usted. No quería pasarme de la raya.
—Usted canta la canción de Lucía.
Clara se quebró.
—Leo lloraba mucho la primera semana. Decía que su mamá cantaba algo de estrellas. No sabía la canción, pero él la tarareó. La aprendí con él. Embarazoy maternidad
Alejandro miró el suero, la cinta en su piel, las manos resecas por detergente.
Esa mujer había aprendido la canción de una madre muerta porque 2 niños se estaban ahogando en tristeza y su padre estaba demasiado ocupado para notarlo.
—Clara, necesito la verdad. ¿Qué está pasando en mi casa?
Ella apretó los labios.
—Si contesto mal, ¿pierdo mi trabajo?
—No.
—La gente siempre dice eso.
Alejandro no se defendió.
Porque ella tenía razón.
Al día siguiente, cuando Clara fue dada de alta, Alejandro la llevó a la casa con los gemelos sentados a su lado como 2 pequeños guardaespaldas. Mercadoinmobiliario
El médico había sido claro: reposo, comida, tratamiento, estudios. Si seguía trabajando así, el siguiente colapso podía ser peor.
En el coche, Mateo y Leo murmuraban. Clara les hizo una seña para que callaran.