“¡A mi esposa le enseñan a obedecer, incluso delante de su padre!”
Eso fue lo que gritó Rubén justo antes de golpear a mi hija Mariana durante el almuerzo del Día del Padre en el patio de mi casa en Coyoacán.
El impacto fue fuerte y brutal, como una tabla que cae sobre cemento. Mariana cayó de lado contra la mesa donde teníamos las carnitas, el guacamole, las tortillas recién calentadas y los vasos de agua de hibisco.
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Todo se derrumbó. Pero lo que me heló la sangre no fue solo ver la sangre en la boca de mi hija, sino oír a Esteban, el hermano de Rubén, recostado en una silla con una cerveza en la mano, decir con una sonrisa:
—Ya era hora de que alguien la pusiera en su sitio.
Mi esposa Teresa gritó. Mi hermana Lupita se cubrió el rostro. Sentí que me hervía la sangre, pero no me abalancé sobre él. Todavía no.
Mi nombre es Arturo Salgado. Tengo 59 años y trabajé durante casi treinta años investigando fraudes de seguros en la Ciudad de México.
Vi accidentes simulados, documentos falsificados, médicos sobornados y familias destruidas por dinero. Pero nada me preparó para ver a mi propio yerno golpear a mi única hija en mi propia casa.
Desde que Mariana se casó con Rubén tres años antes, algo en él nunca le pareció bien. Demasiado amable cuando había visitas, demasiado controlador cuando creía que nadie lo veía. Teresa me decía que exageraba, que ningún hombre sería lo suficientemente bueno para mi hija.
Pero aquel domingo comprendí que mi instinto no estaba equivocado.
Mariana llevaba mangas largas a pesar del calor sofocante. Se sobresaltaba cada vez que Rubén levantaba la mano. Apenas probaba la comida. Cuando comentó en voz baja que la cuota mensual del nuevo camión de Rubén era muy alta, él apretó la mandíbula.