Llegué a casa doce horas antes de lo previsto y encontré a mi esposa sentada en la oscuridad, demasiado débil para levantar un vaso de agua. Arriba, mi hija se reía en una transmisión en vivo mientras les mostraba a unos desconocidos la pulsera de diamantes que había comprado con mi dinero.
**Durante diez segundos enteros, olvidé cómo respirar.**
**Mi esposa, Elena, parecía un fantasma sentada en nuestra cocina. Tenía las mejillas hundidas. Los labios secos y agrietados. Una manta envuelta alrededor de los hombros, aunque la casa estaba caliente.**
**—¿Daniel? —susurró débilmente.**
**Dejé caer la maleta al suelo.**
**—¿Qué pasó?**
**Intentó sonreír —el tipo de sonrisa que uno pone cuando el dolor ya lo ha vencido—. No quería molestarte. Estabas trabajando.**
**Abrí el refrigerador.**
**Vacío.**