Los compañeros de mi hija llevaron el baile de graduación hasta su cuarto del hospital porque ella no podía asistir. Pero al final de la noche, uno de ellos me entregó un sobre y susurró: “No vinimos solo por el baile.”

PARTE 1

—No vamos a dejar que Valeria se muera sin bailar su graduación —dijo Darío, parado en la puerta del cuarto del hospital, con un traje negro arrugado y los ojos llenos de lágrimas.

Yo me quedé helada.

Tenía un vaso de café frío entre las manos, de esos cafés aguados del Hospital General de México, y ni siquiera recordaba cuándo lo había comprado. Llevaba tantas noches durmiendo en una silla junto a la cama de mi hija que el tiempo ya no se medía en horas, sino en medicamentos, análisis y llamadas del doctor.

Valeria tenía diecisiete años.

A esa edad debía estar preocupada por el vestido, por las fotos, por si el maquillaje le iba a durar toda la noche, por si el muchacho que le gustaba iba a invitarla a bailar. Pero en lugar de eso, mi hija aprendió palabras que ningún adolescente debería conocer: leucemia, quimioterapia, recaída, plaquetas, transfusión.

Yo era madre soltera. Su papá se fue cuando ella tenía seis años y jamás volvió a preguntar si necesitábamos algo. Así que Valeria y yo habíamos sido siempre un equipo de dos. Cuando no había dinero para salir, hacíamos palomitas en casa. Cuando ella lloraba porque alguna niña de la escuela se burlaba de sus tenis viejos, yo le decía:

—Un día te van a mirar por todo lo que eres, no por lo que traes puesto.

Y ella sonreía.

Antes de enfermarse, Valeria soñaba con su baile de graduación como si fuera una película. Pegaba recortes de vestidos en el espejo de su cuarto en Iztapalapa. Me enseñaba peinados en el celular.

—Mamá, prométeme que tú me vas a peinar ese día.

—Te lo prometo, mi niña.

Pero la quimioterapia se llevó su cabello. Luego se llevó sus fuerzas. Después, poco a poco, empezó a llevarse esa luz traviesa que tenía en los ojos.

Cuatro días antes del baile, Valeria me preguntó desde la cama:

—Mamá… ¿crees que sí pueda ir?

Yo sentí que se me partía el alma.

El doctor Robles nos había dicho que no era recomendable. Sus defensas estaban bajísimas. Cualquier infección podía complicarlo todo. Pero ¿cómo se le dice a una hija que quizá no podrá vivir la noche que esperó durante años?

Le acomodé la cobija hasta el pecho y fingí una sonrisa.

—Vas a ir de una forma u otra, te lo juro.

Ella me miró mucho rato, como si supiera que yo estaba mintiendo para no romperme.

Esa tarde noté algo raro. Valeria escribía mucho en una libreta morada que yo le había comprado cuando empezó el tratamiento. Decía que ahí ponía pensamientos, sueños, cosas de chicas. Cada vez que yo entraba, la cerraba rápido y la escondía bajo la almohada.

—¿Qué escribes tanto? —le pregunté una vez.

—Nada, mamá. Cosas mías.

No insistí. Pensé que necesitaba un espacio donde la enfermedad no metiera sus manos.

También recibía muchos mensajes de Darío, su mejor amigo desde secundaria. Un muchacho flaco, noble, de esos que siempre saludan de beso a las señoras y cargan las mochilas sin que nadie se lo pida. Él la visitaba cuando podía, le llevaba pan dulce, tareas atrasadas y chismes de la prepa para hacerla reír.

—Darío vino otra vez —me dijo una enfermera una mañana—. Dejó esto.

Era una bolsa con gelatinas, una pulsera plateada y una nota que decía: “Aguanta, Vale. Todavía me debes un baile.”

Valeria leyó la nota y se le llenaron los ojos de lágrimas.

Dos días después, la fiebre volvió. Tuvimos que internarla otra vez. Entró por una noche y se quedó indefinidamente. Yo trataba de sonar fuerte cuando hablaba con ella, pero cada vez que salía al pasillo, me deshacía contra la pared.

La noche del baile de graduación llegó sin pedir permiso.

Yo estaba lavando su vaso en el baño del cuarto cuando la enfermera Alma tocó suavemente.

—Señora Mariana, ¿puede salir un momento?

Pensé lo peor.

Se me aflojaron las piernas. Salí esperando encontrar al doctor con esa mirada seria que ya conocía. Pero lo que vi en el pasillo me dejó sin aire.

Había más de veinte adolescentes vestidos de gala. Niñas con vestidos brillantes, muchachos con trajes rentados, globos dorados, cajas de pizza, refrescos, una bocina pequeña y hasta una corona de plástico plateada.

Darío dio un paso al frente.

—Pedimos permiso al doctor Robles y a la dirección del hospital. No podíamos dejar que Valeria se perdiera su graduación.

Yo me tapé la boca para no gritar de emoción.

Entraron despacio al cuarto. Valeria levantó la mirada, confundida. Cuando vio a sus compañeros, primero se quedó inmóvil. Luego soltó un llanto que parecía risa y dolor al mismo tiempo.

—No inventen…

Megan, su amiga más cercana, se acercó con una blusa de lentejuelas color azul.

—No es el vestido que querías, pero brilla bastante.

Entre todas la ayudaron a ponérsela sobre la bata del hospital. Le pusieron un poco de brillo en los párpados, una diadema delicada y aretes pequeños. Alguien bajó la luz. Alguien puso música.

Por primera vez en meses, mi hija dejó de parecer paciente.

Parecía simplemente una muchacha de diecisiete años en su noche especial.

Yo salí al pasillo porque no podía contener el llanto. Me apoyé junto a la máquina de refrescos y respiré hondo. Pensé que esa sorpresa era el acto de amor más grande que había visto.

Entonces Darío salió detrás de mí.

Ya no sonreía.

—Señora Mariana… necesito darle algo.

Sacó un sobre blanco, grueso, de la bolsa interna de su saco.

—Valeria me pidió que se lo entregara esta noche.

Sentí un frío horrible en la espalda.

—¿Qué es esto?

Darío tragó saliva.

—La verdadera razón por la que estamos aquí.

Abrí el sobre con manos temblorosas, y cuando vi la primera hoja escrita por mi hija, entendí que aquella fiesta no era solo una sorpresa.

Era una despedida que yo no sabía que estaba viviendo.