PARTE 2
Llegaron al día siguiente como si fueran dueños del edificio.
Mi mamá traía saco blanco, bolsa cara y esa cara de víctima ofendida que usaba cuando quería ganar una discusión antes de empezarla. Mi papá venía detrás, con los brazos cruzados y la mandíbula dura. Abril apareció al final con lentes oscuros enormes, vestido beige y una mano dramática sobre el pecho.
Abrí la puerta con la cadena puesta.
Mi mamá frunció la boca.
“¿En serio, Mariana?”
“En serio.”
“Nos hiciste pasar una vergüenza horrible”, dijo. “¿Un peso? ¿Eso vale tu hermana para ti?”
Miré a Abril.
“Depende. ¿El diseñador ya lo enmarcó?”
Abril se quitó los lentes de golpe. Tenía los ojos rojos, pero no de tristeza. De coraje.
“Siempre has sido envidiosa”, soltó. “No soportas que yo sí vaya a casarme bien.”
Me reí bajito.
“Casi me muero, Abril.”
Ella puso los ojos en blanco.
“Todos sabemos que estuviste enferma. No tienes que convertirlo en tu personalidad.”
Algo dentro de mí se quedó quieto.
No roto. No furioso. Quieto.
Deslicé la cadena, abrí un poco más la puerta y señalé la mesa detrás de mí. Había tres pilas de papeles, ordenadas como pequeñas tumbas blancas.
Mi mamá las vio y perdió color.
“¿Qué es eso?”
“Cuentas”, respondí. “Y pruebas.”
Mi papá dio un paso. “No empieces con teatros.”
“Durante ocho años les transferí 1 millón 184 mil pesos. Rentas de Abril, tarjetas de Abril, composturas del coche de Abril, impuestos de la casa, deudas de papá, adelantos para la boda. Eso sin contar efectivo, despensa y préstamos que nunca anoté.”
Abril parpadeó.
“Eso no puede ser.”
“Sí puede. Aquí está.”
Mi mamá apretó la bolsa contra su cuerpo.
“La familia no lleva cuenta de lo que da.”
“No”, dije. “Pero una víctima sí debe guardar evidencia.”
La palabra cayó entre nosotros como un vaso rompiéndose.
Mi papá bajó la voz.
“¿Evidencia para qué?”
“Para la abogada que contraté ayer.”
El pasillo se quedó sin aire.
Mi mamá intentó sonreír, pero le salió torcida.
“¿Qué abogada?”
“La que revisa el dinero que sacaron de la cuenta que mi abuela me dejó para emergencias. Y la que va a revisar por qué mi nombre aparece como aval en el contrato del salón de bodas de Abril.”
Abril se puso blanca.
Mi papá volteó hacia ella demasiado rápido.
Ahí lo supe.
No era un error administrativo. No era una confusión.
Ellos sabían.
Saqué una hoja de la carpeta y la levanté.
“Salón en Tlaquepaque. Contrato por 480 mil pesos. Mi firma aparece aquí.”
Mi mamá dijo en voz baja:
“Mariana, baja esa hoja.”
“No.”
“Esto se arregla en familia.”
“¿Como se arregló mi hospitalización? ¿Con silencio?”
Abril empezó a respirar rápido.
“Yo no sabía que iba a ser tan grave.”
“¿El hospital o el fraude?”
Mi papá golpeó la pared con la palma.
“Ya basta.”
Del departamento 4B se abrió una puerta. Don Raúl, mi vecino, asomó la cabeza con una bolsa de basura en la mano. Vio la escena y no se movió.
Mi papá lo miró.
“¿Qué ve?”
Don Raúl levantó la bolsa.
“Estoy sacando la basura.”
Yo dije sin apartar los ojos de mi padre:
“No, Don Raúl. Quédese.”
Mi mamá susurró:
“No hagas esto público.”
“Ustedes hicieron pública mi firma.”
Abril empezó a llorar, pero no como antes. Esta vez no era teatro limpio. Era miedo.
“Papá dijo que tú ibas a ayudar de todos modos”, soltó. “Mamá dijo que te debíamos incluir porque si no, no nos daban el contrato.”
Mi papá gruñó:
“Cállate, Abril.”
Don Raúl dejó de fingir con la basura.
Mi mamá se llevó una mano a la frente.
“Mariana, por favor. Si la familia de Gael se entera, se cae la boda.”
Gael. El prometido de Abril. Buen tipo, ingeniero, de una familia trabajadora de León que había puesto parte del anticipo creyendo que mis papás eran gente decente.
“Ya se enteró”, dije.
Abril dejó de llorar.
“¿Qué?”
“Le mandé un correo anoche.”
Mi mamá abrió los ojos.
“¿Qué le mandaste?”
“El contrato. Mis estados de cuenta. La captura donde me piden 200 mil para el vestido. El registro de llamadas del hospital. Todo.”
El elevador sonó al fondo del pasillo.
Las puertas se abrieron.
Y Gael salió con su madre, sosteniendo una carpeta en la mano.
Abril se quedó inmóvil.
Como si acabara de ver llegar su sentencia vestida de traje gris.