PARTE 2
Al día siguiente desperté antes de las seis. Me preparé café de olla, abrí las cortinas y me miré al espejo.
—Elena Ramírez, ya estuvo bueno —me dije.
No era una anciana indefensa. Mi esposo y yo trabajamos toda la vida. Tenía mi casa pagada, ahorros, pensión y la mente más clara que muchos jóvenes que creen saberlo todo. Lo que ya no tenía era ganas de seguir rogando cariño donde solo veían mi cartera.
A las ocho caminé con Lupita y dos amigas en el parque. Les conté todo. Ninguna se sorprendió.
—Los hijos a veces creen que uno está obligada a aguantar humillaciones solo porque los parió —dijo Lupita.
Después fuimos al banco. Don Ernesto, el gerente, me atendió en privado. Le pedí revisar todas mis cuentas, cambiar claves y dejar una alerta: nadie podía pedir información usando mi nombre, ni siquiera familiares.
—¿Está pasando algo, doña Elena?
—Sí. Estoy recuperando mi vida.
Más tarde fui con el licenciado Valdés, mi abogado. Le expliqué que quería modificar mi testamento. Sofía conservaría una parte asegurada para sus estudios, porque la niña no tenía culpa. Pero Daniela y Mauricio quedarían fuera de casi todo. La casa sería donada a una fundación que apoyaba a mujeres mayores abandonadas por sus familias.
El abogado me miró con seriedad.
—Es una decisión fuerte.
—Más fuerte fue escuchar a mi hija decir que yo no pertenecía a su familia.
Firmé los documentos dos días después.
Creí que eso bastaría, pero Daniela y Mauricio todavía no mostraban su verdadera cara.
El miércoles recibí una llamada de una muchacha llamada Paola, novia del primo de Mauricio.
—Doña Elena, perdón que me meta, pero Mauricio está diciendo que usted les va a prestar dinero para abrir una boutique. Dice que son 250 mil pesos y que usted ya aceptó.
Sentí la sangre hervir.
—¿Eso dijo?
—Sí. Y también dijo que si usted se tardaba, él iba a convencerla porque “las viejitas se ablandan con presión”.
Colgué temblando, no de miedo, sino de coraje.
Esa tarde, cuando Mauricio me llamó con su voz melosa, ya sabía lo que quería.
—Doña Elena, tenemos una oportunidad increíble. Una tienda de ropa en una plaza nueva. Solo necesitamos capital inicial.
—¿Cuánto?
—Doscientos cincuenta mil pesos. Pero sería un negocio familiar.
Negocio familiar. Qué bonita palabra para disfrazar un abuso.
Le dije que fueran a mi casa al día siguiente con sus números. Llegaron puntuales, perfumados y sonrientes. Daniela traía una carpeta rosa; Mauricio, su laptop. Les serví café y escondí mi grabadora entre las servilletas.
Me mostraron gráficas mal hechas, cuentas sin sustento y promesas de ganancias en seis meses.
—¿Qué garantías me ofrecen? —pregunté.
Mauricio se rió nervioso.
—Somos familia. Nuestra palabra basta.
Miré a Daniela.
—¿Tu palabra basta después de gritarme que no pertenezco a tu familia?
Ella suspiró.
—Ay, mamá, todos tenemos días malos. No exageres.
Ahí entendí algo doloroso: no venían a disculparse. Venían a cobrar.
Les dije que necesitaba pensarlo y consultarlo con mi abogado. Daniela se puso rígida.
—¿Abogado? ¿Para qué? Somos tu familia.
—Precisamente por eso quiero todo por escrito.
Se fueron molestos. Antes de cerrar la puerta, pregunté:
—¿Ya le dijeron a alguien que yo iba a poner el dinero?
Mauricio negó demasiado rápido.
—No, claro que no.
Mentiroso.
Al día siguiente los cité otra vez. Esta vez estaba Lupita conmigo como testigo. Daniela llegó con una botella de vino “para celebrar”. Mauricio trajo flores.
Los hice sentarse frente a mí. Sobre la mesa puse recibos, fotografías, la transcripción de la grabación y una copia de mi nuevo testamento.
—Mi respuesta es no —dije.
Daniela parpadeó.
—¿No qué?
—No les voy a dar dinero. No voy a invertir. No voy a vender mi casa. Y no van a usar mi nombre para pedir préstamos.
Mauricio palideció. Daniela se levantó furiosa.
—¡Esa herencia es mía!
—No, hija. Era mía. Como también era mío el amor que te tenía sin condiciones, pero tú lo confundiste con permiso para humillarme.
Entonces le mostré el testamento.
—Sofía tendrá su parte. Todo lo demás irá a personas y lugares donde me traten con respeto.
Daniela gritó que yo estaba loca. Mauricio dijo que mis amigas me manipulaban. Lupita se puso de pie.
—Loca no está. Lo que está es cansada de abusivos.
Los saqué de mi casa.
Esa noche creí que por fin entenderían, pero al día siguiente Paola volvió a llamar. Su voz temblaba.
—Doña Elena, tenga cuidado. Mauricio está preguntando cómo declararla incapaz legalmente. Quiere decir que usted ya no está bien de la cabeza.
Me quedé helada. Mi propia hija y su esposo no solo querían mi dinero. Ahora querían quitarme mi derecho a decidir.
Y justo cuando pensé que nada podía ser peor, el teléfono sonó. Era Daniela.
—Mamá, estoy afuera de tu casa con Sofía. Tenemos que hablar antes de que esto se salga de control…