Vendió sus tierras por 200 millones, llegó como indigente a la casa de sus 3 hijos y solo 1 le abrió la puerta

PARTE 2

Teresa se quedó inmóvil.

El vapor del caldo se levantaba lento entre los 2, como si hasta la comida hubiera entendido que algo grave acababa de pasar.

El cuarto era pequeño.

Había 1 cama individual, 2 sillas de plástico, una parrilla eléctrica, 1 garrafón medio lleno y una virgencita pegada en la pared con cinta transparente.

—Papá… ¿qué fue eso? —preguntó ella, bajito.

Don Aurelio guardó el celular.

—Nada, hija. Cosas de papeles.

Teresa lo miró con preocupación.

—No me digas “nada”. Tú dices eso cuando traes el corazón todo hecho bolas.

Don Aurelio bajó la mirada.

Por un momento quiso contarle todo.

Decirle que no estaba pobre.

Que la ropa rota era una mentira.

Que sus hermanos lo habían echado sin saber que estaban cerrándole la puerta a 200 millones.

Pero no pudo.

Porque lo que Teresa acababa de hacer no debía contaminarse con dinero.

Ella lo había recibido cuando creyó que no tenía nada.

Eso valía más que cualquier firma.

—Solo estoy cansado, Tere.

Ella se levantó y acomodó una cobija sobre la cama.

—Entonces duerme aquí. Yo me acomodo en el piso.

—No, hija. Tú trabajas desde temprano.

Teresa sonrió, cansada pero firme.

—Y tú trabajaste toda tu vida por nosotros. Ya me toca tantito, ¿no?

Don Aurelio sintió un nudo en la garganta.

Recordó a Ramiro evitando que los vecinos lo vieran.

Recordó a Patricia mirando hacia el pasillo, avergonzada de tener un padre vestido como pobre.

Y luego miró a Teresa.

Sin dinero.

Sin muebles.

Sin ayuda.

Pero con el alma abierta.

Esa noche Don Aurelio no durmió.

Mientras Teresa descansaba sobre un petate, él se quedó sentado junto a la ventana, viendo las luces lejanas de la ciudad.

Pensó en Doña Mercedes.

Pensó en los años en que vendió becerros para pagar colegiaturas.

Pensó en las veces que comió frijoles sin tortilla para que sus hijos estrenaran zapatos en la escuela.

Y se preguntó en qué momento la familia se había vuelto una cuenta bancaria.

Al amanecer, Teresa calentó café en una olla abollada.

No tenía pan.

Tostó 2 tortillas directamente sobre la parrilla.

—Perdón, pa. Es lo único que hay.

Don Aurelio tomó una tortilla con ternura.

—Esto sabe mejor que cualquier desayuno de esos finos donde cobran hasta por respirar.

Teresa se rio.

—Ay, papá, tú siempre tan exagerado.

Entonces tocaron la puerta con fuerza.

Teresa abrió.

Ramiro estaba ahí, con camisa planchada, reloj caro y una cara dura.

Detrás venía Patricia, con lentes oscuros y bolsa de marca.

—Papá, ¿qué significa eso del notario? —soltó Ramiro sin saludar.

Patricia entró mirando el cuarto con incomodidad.

—Nos llegó un mensaje rarísimo. ¿Qué firmaste? ¿Qué vendiste? ¿Por qué no nos avisaste?

Don Aurelio se puso de pie despacio.

—Vamos y allá se enteran.

Ramiro frunció la boca.

—No estamos para jueguitos, papá.

Don Aurelio lo miró fijo.

—Ayer tampoco estaban para ayudarme.

El silencio cayó pesado.

Teresa tomó una chamarra vieja.

—Yo voy con ustedes.

Patricia la miró de arriba abajo.

—¿Tú también? Esto es un asunto familiar serio.

Teresa apretó los labios.

—Soy su hija igual que ustedes.