El anciano parecía indefenso en una silla de ruedas, cubierto de vergüenza ante todos, hasta que levantó la cabeza y cambió la noche por completo

PARTE 2

—¡Ni siquiera lo probó! —gritó Diego, arrodillado junto a mí.

Yo permanecí tirado en el piso, respirando con dificultad fingida, los ojos cerrados, el cuerpo flojo. Podía sentir el frío del mármol en la mejilla y escuchar cada palabra como si me la clavaran en el pecho.

—Entonces es suerte —dijo Fernanda—. Si se muere así, mejor. Pero esconde el pay. Si llegan los paramédicos y lo encuentran, estamos fritos.

No preguntó si yo seguía vivo. No me tomó la mano. No lloró. Solo pensó en ocultar la prueba.

Diego llamó al 911 con una voz tan bien actuada que por un instante me dio vergüenza admitir que era mi hijo.

—Mi papá se cayó… creo que le dio un infarto… por favor, vengan rápido.

Minutos después llegaron los paramédicos. Entre ellos venía un hombre alto con un pin dorado en el cuello: señal de Joaquín. Se inclinó sobre mí y fingió revisarme.

—Está a salvo, don Ernesto —susurró—. Ya tenemos el plato y la cámara de la cocina. Síganos el juego.

Me subieron a la ambulancia. Diego quiso acompañarme, pero el paramédico se lo impidió.

—Vaya en su coche. Necesitamos espacio.

Esa noche, en el hospital privado de Joaquín, empezó mi segunda actuación. Los médicos declararon un supuesto evento cerebral. Según el reporte, yo estaba despierto a ratos, pero confundido, casi sin movimiento y sin habla.

Tres horas después, Diego y Fernanda entraron a mi habitación.

No se acercaron a rezar. No me pidieron perdón. No preguntaron si sufriría.

Fernanda revisó mi chamarra.

—Cuarenta pesos y una tarjeta del Oxxo —dijo con asco—. Qué miseria.

Diego sacó unos papeles.

—Traje el poder notarial. Si ponemos su huella, podemos controlar cuentas, propiedades y decisiones médicas.

—¿Y si despierta?

—Diremos que estuvo lúcido unos segundos.

Sentí cómo me tomaban la mano. Fernanda presionó mi pulgar contra una almohadilla de tinta. Lo torció con tanta fuerza que me crujió la articulación. Luego estampó mi huella en dos hojas. Todo quedó grabado por una cámara escondida en el detector de humo.

—Ahora hablamos con el doctor —dijo Fernanda—. Le decimos que no queremos que sufra. Que desconecten lo que haya que desconectar.

Diego no contestó. Pero tampoco se negó.

Dos días después, me sacaron del hospital en silla de ruedas. Yo fingía tener medio cuerpo muerto y la boca caída. Diego firmó papeles con una prisa que daba asco. En vez de llevarme a mi casa, me llevó a la suya.

Fernanda lo esperaba en la entrada.

—No lo metas a la sala. Acabo de mandar lavar los sillones.

—¿Dónde lo pongo?

—En el sótano. Si se ensucia, se limpia el cemento.

Diego dudó un segundo. Solo un segundo.

Luego me bajó al sótano, me dejó sobre un colchón manchado y cerró con llave.

Cuando escuché sus pasos alejarse, me incorporé. Saqué de un bolsillo oculto un pequeño grabador y mi celular. Mandé otro mensaje a Joaquín:

“Ya me encerraron. Activa fase dos. Congela sus tarjetas al amanecer.”

A la mañana siguiente, la casa fue un infierno.

Desde el sótano escuché a Fernanda gritar porque su tarjeta fue rechazada en una tienda de lujo. Diego gritaba porque Cobra Capital exigía cincuenta mil pesos en veinticuatro horas. Lo que él no sabía era que Cobra Capital pertenecía, a través de varias empresas, a mi propio grupo de inversión.

Mi hijo le debía dinero a un cobrador que, en realidad, trabajaba para mí.

Esa tarde bajaron los dos al sótano.

—Si este viejo se hubiera muerto, ya estaríamos libres —escupió Fernanda.

Me dio una bofetada. No fuerte. Pero suficiente para matar lo último que quedaba de cariño.

—Hay otra forma —murmuró Diego.

—¿Cuál?

—Hacerlo desaparecer. Decir que se salió confundido. Con la huella podemos mover la casa. Con el seguro ganamos tiempo.

Fernanda se quedó mirándome como si yo fuera un mueble viejo.

—O lo entregamos a alguien. Hay clínicas clandestinas que pagan por cuerpos vivos, Diego. Él ya no entiende nada.

Mi hijo se tapó la boca, horrorizado.

Yo esperé que dijera “no”.

Esperé escuchar aunque fuera una chispa del niño que una vez corría hacia mí con los brazos abiertos.

Diego tardó demasiado en responder.

—¿A quién llamarías? —preguntó al fin.

En ese momento entendí que no estaba atrapado con ellos. Ellos estaban atrapados conmigo.

Y cuando Joaquín entrara por esa puerta, no habría vuelta atrás.