PARTE 1
—Cómaselo, don Ernesto… al fin y al cabo, usted ya vivió demasiado.
Fernanda me dijo eso con una sonrisa tan dulce que por un segundo cualquiera habría pensado que era broma. Pero sus ojos no sonreían. Sus ojos estaban clavados en el plato de pay de camote con piloncillo que acababa de poner frente a mí, como si esperara ver caer una mosca en la miel.
Yo tenía setenta años, una camisa de franela vieja, botas gastadas y una camioneta Nissan que hacía ruido hasta cuando estaba apagada. Para mi hijo Diego y su esposa, yo era solo un viejo terco de la colonia Portales, un excontratista que había pasado la vida arreglando tuberías, techos y calentadores.
Lo que ellos no sabían era que durante cuarenta años compré terrenos baratos, bodegas abandonadas y edificios que nadie quería. Mientras todos creían que yo vivía de mi pensión, mis rentas entraban cada mes desde plazas comerciales, departamentos y locales en medio Ciudad de México. Mi patrimonio valía más de ochocientos millones de pesos.
Nunca se lo dije a Diego. Quise que aprendiera a trabajar, no a esperar herencia.
Esa Nochebuena, en su casa de Satélite, entendí que no le enseñé humildad. Le enseñé resentimiento.
Todo empezó cuando les entregué mi regalo: un sobre con unos certificados de inversión que había comprado para Diego desde que era niño. No era un reloj caro ni una camioneta nueva, pero era dinero limpio, seguro, suficiente para respirar.
Fernanda lo abrió antes que él.
—¿Esto es todo? —soltó una carcajada seca—. ¿Un papelito de banco? Tenemos tarjetas hasta el cuello, la remodelación parada y tú vienes con tus cosas de viejito ahorrador.
Diego bajó la mirada.
Yo esperé que dijera algo. Que me defendiera. Que recordara que lo crié solo después de que murió su madre, que vendí herramientas para pagarle la universidad, que trabajé enfermo para que nunca le faltara comida.
Pero mi hijo no dijo nada.
Después sirvieron la cena. Bacalao, romeritos, lomo y ponche. El ponche tenía un sabor raro, demasiado amargo bajo la canela. Sentí mareo, pero no lo suficiente para perder el juicio. Pedí agua y caminé hacia la cocina.
La puerta estaba entreabierta.
Entonces escuché la voz de Fernanda.
—Échale todas. No podemos seguir esperando.
Me quedé inmóvil.
La vi triturando mis pastillas para el corazón en un molcajete pequeño. Mis betabloqueadores. Los que siempre llevaba en el bolsillo por mi arritmia. Diego estaba a su lado, pálido, con el celular en la mano.
—Google dice que una sobredosis puede causar paro cardíaco —susurró él—. ¿Y si se dan cuenta?
—Es viejo, Diego. Tiene problemas del corazón. Nadie va a sospechar si se muere después de cenar pesado.
—Es mi papá…
—Es nuestro obstáculo —escupió ella—. Si no muere, perdemos la casa. Los de Cobra Capital ya llamaron otra vez. ¿Quieres que vengan a cobrarnos de otra forma?
Diego guardó silencio.
Luego dijo:
—Haz que se lo coma todo.
Sentí que algo dentro de mí se quebró sin hacer ruido. No grité. No entré a enfrentarlos. Saqué mi celular bajo el mantel del comedor y mandé dos mensajes.
Uno al 911: “Intento de envenenamiento en proceso. Adulto mayor. Lleguen sin sirena al inicio.”
El otro a Joaquín Salcedo, mi abogado y único amigo que conocía mi verdadera fortuna: “Código Águila. Mi hijo cruzó la línea.”
Cuando Fernanda salió con el pay de camote, su sonrisa parecía pintada.
—Ándele, don Ernesto. Es su favorito.
Tomé la cuchara. La acerqué a mi boca. Vi cómo los ojos de Diego se llenaban de terror y los de Fernanda de ansiedad.
Entonces dejé caer la cuchara, me llevé la mano al pecho y caí al piso como si la muerte acabara de entrar por mí.
No alcancé a creer lo que escuché después… y nadie podría imaginar lo que estaba por pasar.