PARTE 2: Rodrigo abrió la carpeta con la confianza de quien siempre revisaba cuentas ajenas. La sonrisa se le borró tan rápido que su esposa, Paula, dejó de untar mantequilla en un pan.
—¿Cuánto fue? —preguntó ella.
Rodrigo cerró la carpeta de golpe.
—Está mal.
Mariana se la arrebató desde el otro lado de la mesa.
—¿Cómo que está mal?
Vio el total y se quedó muda.
Diego, que estaba cortando un pedazo de rib eye, soltó una risa nerviosa.
—No exageren. ¿Cuánto puede ser?
Mariana le volteó la carpeta.
Diego dejó el cuchillo sobre el plato.
Los niños, que hacía 10 minutos pedían pastel de chocolate, se quedaron quietos al ver las caras de los adultos.
El mesero, un joven llamado Tomás, permanecía junto a la mesa con una paciencia profesional.
—¿Será una sola tarjeta o desean dividir la cuenta?
Rodrigo se enderezó.
—Nuestra mamá viene en camino.
Tomás miró la silla vacía al centro de la mesa.
—Claro, señor. Les doy unos minutos.
—Sí, eso —dijo Mariana, demasiado rápido—. Viene en camino.
Pero nadie lo creyó.
Rodrigo llamó a Elena.
Buzón.
Mariana llamó 2 veces.
Buzón.
Diego mandó:
Diego:
Ya estuvo, ma. Contesta.
El Día de las Madres, mis hijos ya adultos eligieron un restaurante carísimo y me avisaron que yo pagaría la cuenta de los 12, como siempre. Sonre