PARTE 1
El clic de la pluma cerrándose sonó más fuerte que cualquier insulto en aquella oficina de cristal, en el piso 22 de una torre en Santa Fe.
No hubo gritos.
No hubo ruegos.
No hubo una sola lágrima.
Mariana Rivas firmó el divorcio con una calma tan limpia que a Rodrigo Cárdenas le pareció soberbia.
Él estaba frente a ella, recargado en el respaldo de su silla de piel, con esa sonrisa de hombre que cree que acaba de quitarse una carga de encima.
A su lado, Jimena, su asistente ejecutiva, cruzaba las piernas con descaro. Llevaba un vestido verde esmeralda, uñas largas, perfume caro y una mirada de triunfo que ni siquiera intentaba esconder.
—¿Ya? —preguntó Rodrigo, jalando los papeles hacia él—. Qué bueno. La neta, pensé que ibas a hacer drama.
Mariana levantó los ojos.
Tenía 39 años, el cabello recogido en un chongo sencillo, un saco azul marino sin marca visible y una expresión tranquila, casi cansada.
Durante 10 años, Rodrigo la había presentado como “mi esposa, la tranquila, la que no se mete en negocios”.
Nunca contó que Mariana le corregía los contratos antes de cada firma.
Nunca contó que ella le salvó 3 licitaciones cuando sus socios ya querían botarlo.
Nunca contó que, mientras él daba conferencias sobre visión empresarial en Monterrey, Guadalajara y Cancún, ella revisaba balances hasta las 3 de la mañana para que su empresa no tronara.
Jimena soltó una risita.
—Ay, Mariana, hiciste lo mejor. Rodrigo necesita una mujer que lo impulse, no alguien que parece secretaria de escuela pública.
Doña Graciela, la madre de Rodrigo, estaba sentada junto a la ventana con lentes oscuros, collar de perlas y una cara de desprecio que parecía heredada.
—Por fin mi hijo se libró de esa mujer gris —dijo—. Ojalá no vaya a pedir pensión como si hubiera construido algo.
Rodrigo rió.
—Tranquila, mamá. Se va como llegó: con su bolsa barata y su cara de víctima.
Mariana no respondió.
Solo guardó su copia del documento, se puso de pie y miró al abogado.
—¿Está todo en orden, licenciado?
El hombre tragó saliva.
—Sí, señora Rivas.
Rodrigo chasqueó la lengua.
—Señora Cárdenas ya no, ¿eh? Para que no se le olvide.
Mariana lo miró apenas 2 segundos.
—No se me olvida.
Jimena se inclinó hacia Rodrigo y le acomodó la corbata como si ya fuera la nueva dueña de su vida.
—Mañana todo cambia, mi amor.
Rodrigo sonrió con soberbia.
—Claro que cambia. Mañana firmo la alianza con Consorcio Huella Norte. Van a inyectar 300 millones de dólares. Cárdenas Digital va a estar en todos lados.
Luego miró a Mariana, como quien le da una última limosna de humillación.
—Y no se te ocurra aparecerte con entrevistas lloronas. No quiero a mi ex haciéndose la sufrida cuando empiece mi nueva etapa.
Mariana tomó su bolso negro.
—No voy a aparecerme.
—Más te vale —dijo él—. Porque desde hoy ya no eres parte de nada mío.