PARTE 1
Durante 5 años, Elena Robles aprendió a despertar antes que el sol, antes que el dolor de espalda, antes que las ganas de llorar.
En una casa pequeña de la colonia Portales, en la Ciudad de México, bañaba a su esposo Tomás como quien cumple una promesa frente a Dios. Le cambiaba pañales, limpiaba sondas, preparaba papillas, medía medicinas y dormía en un sillón viejo junto a la cama hospitalaria que ocupaba casi toda la sala.
Las vecinas la veían salir con bolsas del mercado y le decían lo mismo:
—Ay, Elena, usted sí es una santa. Ya no hay mujeres así.
Ella sonreía, con ojeras profundas y las manos resecas por el cloro.
Tomás había quedado paralizado después de un accidente en la autopista a Puebla, apenas 1 año después de casarse. Antes de eso, Elena arreglaba uñas en un localito prestado, usaba blusas coloridas y soñaba con abrir una estética cerca del metro Zapata.
Después del accidente, su vida se volvió una lista interminable de gritos.
—Elena, voltéame.
—Elena, me arde.
—Elena, apúrate, no seas inútil.
Ella aguantaba.
No porque no tuviera carácter, sino porque alguien le enseñó que una esposa buena no se va cuando la vida se pone fea.
Tomás tenía un hijo de su primer matrimonio, Darío, de 25 años. El muchacho llegaba a la casa sin tocar, abría el refrigerador, pedía dinero y miraba a Elena como si fuera una señora de servicio.
Tomás siempre lo defendía.
—Es mi hijo, Elena. Está sufriendo por verme así.
Y ella, cansada pero noble, se lo creía.
Hasta aquel martes.
Elena había salido temprano a comprar pan dulce en una panadería de la Del Valle. Compró 4 conchas de vainilla, las favoritas de Tomás, porque ese día él tenía terapia y quería sorprenderlo al terminar.
Llegó al centro de rehabilitación con la bolsa todavía tibia.
Pero antes de entrar, lo vio en el patio, en su silla de ruedas, platicando con un hombre de bigote que traía camisa de rayas.
Elena se detuvo detrás de una jardinera para acomodarse el cabello.
Entonces escuchó la risa de Tomás.
No era una risa triste.
Era una risa cómoda, burlona, viva.
—Neta, compadre, yo salí ganando —dijo Tomás—. Elena me salió enfermera, cocinera, chofer, secretaria y criada… todo gratis.
El hombre soltó una carcajada.
Elena sintió que el pan se le enfriaba entre las manos.
Tomás siguió hablando, como si estuviera presumiendo un carro nuevo.
—La tengo bien agarrada con eso de “en la salud y en la enfermedad”. Esa mujer no se va. Está bien domadita.
A Elena se le cerró la garganta.
—¿Y la casa? —preguntó el hombre.
Tomás bajó la voz, pero no lo suficiente.
—Todo va a quedar para Darío. Es mi sangre. Elena nomás está cuidando lo que nunca va a ser suyo.
El mundo no hizo ruido al romperse.
Elena no gritó.
No entró a reclamar.
No le aventó las conchas en la cara.
Solo caminó hasta la calle, subió al coche y se quedó mirando el volante con las manos temblando.
Esa noche, cuando Tomás regresó en ambulancia y preguntó con fastidio por su pan, Elena lo miró como si fuera un desconocido.
Ya no vio al hombre enfermo que necesitaba ayuda.
Vio al patrón escondido detrás del esposo.
Y mientras le acomodaba la almohada, entendió algo que le heló la sangre: lo que había escuchado no era lo peor… lo peor apenas estaba por salir.