Durante los ocho meses que duró mi matrimonio, mi esposo me impuso una regla estricta, la cual seguí sin cuestionarla porque creía que el amor requería obediencia y silencio en un hogar pacífico.
Me dijo que nunca mirara debajo de nuestra cama matrimonial, que nunca aspirara debajo de ella y que nunca dejara que un trabajador de mantenimiento la moviera, por ningún motivo.
Tengo veintiséis años y, antes de casarme con Obinna, pensaba que el amor significaba consuelo, risas y veladas dulces con alguien que te protegiera del mundo.
Obinna ya estaba bien establecido cuando nos conocimos: un respetado empresario petrolero, con contactos en el gobierno, trajes caros y una voz tranquila que obligaba a todos a su alrededor a escuchar con atención.
Cuando me propuso matrimonio, mis padres me dijeron que tenía muchísima suerte, porque no todas las chicas de origen humilde se casan con un hombre que de repente se hace rico sin dificultad ni demora.
La boda fue ruidosa y extravagante, con flores importadas, decoraciones doradas y flashes de cámaras que no cesaban desde la mañana hasta bien entrada la noche.Tras la ceremonia, me acompañó a su gran casa, situada en una tranquila urbanización donde los guardias de seguridad lo saludaban cada vez que su coche se acercaba a la puerta.
La casa parecía sacada directamente de un programa de televisión, con sus suelos de mármol, grandes espejos y lámparas de araña que reflejaban la luz en todas las superficies pulidas de las habitaciones.
Me sentí devastada pero agradecida, y poco a poco me fui adaptando a una vida en la que ya no revisaba las etiquetas de precio antes de comprar perfumes o zapatos.