PARTE 1
—Esos niños tienen mis ojos —dijo Adrián Salgado en medio del restaurante—. Lucía, dime ahora mismo quién es su padre.
La conversación se apagó alrededor de nuestra mesa como si alguien hubiera bajado el volumen del salón. Adrián estaba a unos metros, inmóvil, con Renata Alcocer tomada de su brazo y un anillo de compromiso brillándole en la mano. Mis trillizos levantaron la vista al mismo tiempo.
Valentina frunció el ceño. Mateo apretó su vaso. Bruno, que siempre decía lo que pensaba, señaló a Adrián.
—Él hace la misma cara que yo cuando se enoja.
Sentí que el pasado me cerraba la garganta, pero no permití que se notara. Saqué el celular, activé la grabación y lo dejé sobre mi regazo.
Yo no había ido a Casa Jacaranda, en Polanco, para encontrarme con mi exmarido. Estaba ahí porque el chef quería contratar a mi empresa, Tres Cucharitas, para diseñar menús infantiles. Cinco años antes había salido de la familia Salgado con una maleta, un embarazo de alto riesgo y el convencimiento de que nadie iba a rescatarme. Ahora alimentaba guarderías, clínicas y dos escuelas privadas. No era rica, pero cada peso que entraba a mi cuenta llevaba mi nombre. Familia
Adrián avanzó hacia nosotros. Seguía siendo el mismo hombre que aparecía en revistas de negocios: traje impecable, voz segura, apellido capaz de abrir puertas. Sin embargo, al mirar a los niños, parecía haberse olvidado de respirar.