PARTE 2
Doña Hortensia no se conformó con mirarnos desde su reja. Al día siguiente, tocó mi timbre a las 8 de la mañana con una carpeta bajo el brazo y la boca fruncida como quien trae una sentencia.
—Teresa, vengo como vecina, no como enemiga —dijo.
Cuando alguien empieza así, una sabe que viene lo contrario.
La hice pasar al patio, donde el jardín seguía limpio gracias al trabajo de Diego. Ella ni siquiera lo miró con aprecio. Observó la reja, las bolsas de basura, la banqueta barrida, y aun así suspiró como si mi casa hubiera cometido un delito.
—Ayer vi al muchacho. Está tatuado, se ve pesado y trae una podadora que parece robada. Tú vives sola. Hay que cuidarnos.
—Me cuidé —respondí—. Lo dejé trabajar afuera y me hizo un trabajo impecable.
—El problema no es el pasto. Es la clase de personas que una atrae.
La clase de personas.
Sentí que la sangre se me subía a la cara, pero respiré hondo. A mis 73 años, una ya no tiene energía para pelear cada ignorancia, pero sí para escoger cuáles no va a dejar pasar.
—Ese muchacho vino a trabajar, Hortensia. No a pedir limosna.
Ella abrió la carpeta. Adentro había una hoja impresa con firmas de vecinos. Una queja dirigida al comité de la colonia.
—Queremos evitar riesgos. No podemos permitir que cualquier desconocido entre a las casas. Menos alguien con ese aspecto.
Tomé la hoja. Había 9 firmas. Algunas de personas que ni saludaban, pero opinaban de todo. Mi nombre no estaba, claro. Estaba señalado.
—¿También me van a reportar por darle trabajo a alguien?
—No seas dramática. Solo queremos que entiendas que estás siendo ingenua.
Esa palabra me dolió más que “vieja”.
Ingenua.
Como si la edad me hubiera quitado criterio. Como si abrir una puerta con cuidado fuera lo mismo que perder la cabeza.
No firmé. Le devolví la hoja.
—Si quieren acusarme de tener el jardín limpio, háganlo bien. Pongan mi nombre completo.
Hortensia se fue ofendida.
Esa tarde Diego regresó. No venía a trabajar; venía a dejarme una nota con su número escrito en un papel de farmacia. Traía a Camila en brazos, envuelta en una cobijita blanca con flores rosas. Era pequeñita, pálida, con unos ojos enormes que parecían mirar el mundo con demasiada seriedad.
—Perdón, doña Teresa —dijo apenas me vio—. No tengo con quién dejarla. Solo venía a darle mi número por si necesita algo.
Camila soltó una tos seca, apretada, que hizo que Diego cambiara de color. La acomodó contra su pecho y empezó a darle palmaditas suaves.
—Pasa —le ordené.
—No quiero molestar.
—Pasa, Diego.
Entró como si mis mosaicos fueran demasiado finos para sus botas. Senté a la niña en una toalla limpia sobre el sillón. No era doctora, pero fui maestra muchos años y vi suficientes niños enfermos para reconocer cuando una respiración no está bien. El pecho de Camila subía rápido, demasiado rápido.
—¿La han revisado?
—En el centro de salud. Me dijeron que necesita seguimiento, pero las citas tardan. Su mamá… —se detuvo—. Su mamá se fue hace dos meses.
No lo dijo con coraje. Lo dijo con una tristeza seca, de esas que ya no tienen lágrimas.
—¿Se fue?
—Dijo que no podía con una bebé enferma y conmigo sin futuro. Se fue a Celaya con una tía. No la culpo. Bueno… a veces sí.
Camila volvió a toser.
No lo pensé. Tomé mi bolsa, mis llaves y llamé a un taxi.
—Vamos al hospital.
Diego retrocedió.
—No tengo para pagar consulta privada.
—No te pregunté eso.
En urgencias, lo vi sostener a su hija con las dos manos, tratando de parecer fuerte mientras se deshacía por dentro. La doctora la revisó, pidió estudios y confirmó que necesitaba control pediátrico, nebulizaciones constantes y evitar polvo, humo y cambios bruscos de temperatura.
Diego miró sus botas llenas de tierra, sus manos raspadas y su playera sucia.
—Yo trabajo cortando pasto —murmuró—. Todo mi trabajo es polvo.
Esa frase dejó la sala en silencio.
Esa noche llamé a mi sobrino Andrés, que colaboraba con una asociación comunitaria. Le pedí orientación, no caridad. Al día siguiente llegó a mi casa, revisó documentos, habló con Diego y consiguió una cita en un programa de apoyo médico.
Diego firmaba cada hoja con cuidado, como si un error pudiera quitarle la oportunidad.
—No tienes que demostrarme todo —le dije cuando me mostró los recibos de la farmacia.
Él bajó la mirada.
—Es que no quiero que piense que le mentí.
Me dolió escuchar eso. ¿Cuántas veces lo habrían tratado como sospechoso antes de escucharlo?
Durante las siguientes semanas, Diego empezó a venir martes y jueves. Le pagaba por limpiar, pintar, arreglar goteras y ordenar el patio. Yo le enseñaba a leer contratos, a sumar gastos, a escribir solicitudes. Él me enseñó que la juventud no era un ruido en la calle, sino gente tratando de sobrevivir con herramientas rotas.
Pero la colonia no lo veía así.
Una tarde, mientras Diego pintaba mi reja, una patrulla se detuvo frente a la casa. Dos policías bajaron. Doña Hortensia venía detrás, con cara de triunfo.
—Es él —dijo, señalándolo—. Es el muchacho que se mete a las casas.
Diego soltó la brocha. Sus manos se quedaron manchadas de pintura blanca. Camila dormía adentro, en el sillón.
—Oficial, yo estoy trabajando —dijo, con la voz temblando.
Uno de los policías le pidió identificarse. El otro miró la podadora, las herramientas y luego sus tatuajes.
—Nos reportaron actitud sospechosa.
Sentí una rabia que me sostuvo mejor que mi bastón.
—La actitud sospechosa es trabajar bajo el sol mientras otros inventan delitos desde la sombra.
Doña Hortensia apretó los labios.
Entonces, justo cuando pensé que todo no podía ponerse peor, Diego vio algo al otro lado de la calle y se quedó helado.
Una joven con lentes oscuros estaba parada frente al portón, cargando una bolsa de ropa.
—Abril —susurró Diego.
La mamá de Camila había vuelto.
Y venía con una verdad que nadie estaba listo para escuchar…