PARTE 2
No la dejé seguir hablando en recepción. Le pedí que camináramos a una fonda de la esquina, más por mis compañeros que por ella. No quería que mi trabajo se convirtiera en el teatro donde Regina lloraba hasta que alguien le diera un aplauso. Se sentó frente a mí, pidió enchiladas, agua de jamaica y flan, como si yo la hubiera invitado a celebrar algo.
—No vengo a vivir contigo —dijo, acomodándose el cabello—. Vengo a que me entregues el departamento. Tú puedes rentar algo más chico. No tienes hijos.
—Qué considerada.
—No seas sarcástica. Yo perdí todo.
—No, Regina. Lo gastaste.
Sus ojos se pusieron brillosos, pero la conozco. Sus lágrimas siempre han tenido horario de oficina: salen cuando sirven.
Sacó una carpeta con recibos, deudas y una copia vieja del testamento de mis papás. También traía una hoja escrita por ella, con mi nombre mal puesto, donde decía que yo aceptaba “devolverle” un hogar por ser familia. Ni siquiera había intentado que pareciera legal. Parecía tarea de secundaria con perfume caro.
—Mira. Ellos me dejaron la casa porque sabían que yo necesitaba estabilidad.
—Y la vendiste.
—Porque tú no me ayudaste a repararla.
Ahí entendí que en su cabeza la culpa podía viajar kilómetros hasta estacionarse frente a mi puerta. Respiré hondo. Le dije que no le daría mi departamento, ni dinero, ni una noche en mi sala. También le dije que si volvía a mi trabajo iba a llamar a seguridad.
Mis padres le dejaron todo a mi hermana consentida; vendió la casa, perdió el dinero y llegó a mi trabajo exigiendo las llaves de mi departamento como si fuera suyo