Mis padres le dejaron todo a mi hermana consentida; vendió la casa, perdió el dinero y llegó a mi trabajo exigiendo las llaves de mi departamento como si fuera suyo

Regina golpeó la mesa. El flan tembló.
—Siempre fuiste envidiosa. Por eso mamá te quería menos.
La fonda se quedó en silencio. La señora de la caja me miró con esa lástima que no pedí pero que por primera vez no me dio vergüenza. Saqué dinero solo para mi comida y me levanté.
—Tu parte la pagas tú. Ya eres grande para heredar consecuencias.
Regina me siguió hasta la banqueta gritando que yo era una desgraciada, que mis papás se murieron sabiendo quién era la buena hija y que ella podía demostrar que yo le debía ayuda. Yo no respondí. Aprendí hace años que discutir con ella era como barrer en una tormenta.
Cuando volví a la oficina, avisé a seguridad. Una hora después ella intentó entrar otra vez y la sacaron. Pensé que ahí terminaba. Me equivoqué.
Esa tarde debía llevar unos documentos a casa de mi directora, la licenciada Marisol, porque al día siguiente teníamos auditoría y ella estaba cuidando a su mamá enferma. Tomé un taxi de aplicación. No noté el coche gris que nos siguió hasta Lomas de Juriquilla. Después, revisando en mi mente, recordé haber visto ese coche cerca de la fonda, pero en ese momento yo solo quería terminar el día sin llorar en el baño de la oficina.
Marisol me abrió antes de que tocara. Entré, dejé la carpeta en la mesa y empecé a explicarle unos pagos pendientes. Entonces alguien empujó la puerta que había quedado entreabierta.
Regina entró con su maleta, oliendo a perfume barato y coraje.
—Conque aquí vives —dijo, mirando la sala como si estuviera evaluando cortinas—. Está mejor de lo que pensé. Bueno, yo me quedo en el cuarto principal.
Marisol se quedó inmóvil. Su mamá, desde el sillón, apagó la televisión.
—Regina, esta no es mi casa.

—No empieces con tus mentiras —gritó—. Señora, ustedes van a tener que irse cuando yo me acomode. Esta casa ahora también me corresponde.
Marisol no gritó. Eso fue lo que más miedo me dio. Solo tomó su celular, cerró la puerta con seguro y dijo:
—Perfecto. Entonces ahora no es un pleito de hermanas. Es allanamiento, acoso y amenazas dentro de mi casa.
Si quieren saber cómo terminó Regina cuando llegó la patrulla, comenten “final” y les cuento la parte más satisfactoria.