Parte 1
Un niño sin hogar se paraba todos los días junto al bar de la escuela a la hora del almuerzo, y una niña rica siempre compartía en secreto la mitad de su comida… hasta que un día, una familia lo adoptó. Antes de irse, la miró y le dijo:
Cuando sea mayor, volveré por ti.
Nadie creía en la promesa de un niño sin hogar.
Pero veinticinco años después, lo cumplió.
Aquel medio pastel no era más que el almuerzo de una niña, pero se convirtió en lo que salvó la vida de aquel niño: una vida que, años después, valdría más de 950 millones de pesos mexicanos.
Isabella Montes tenía tan solo nueve años.
Era la única hija de la familia Montes, una de las familias más ricas de Guadalajara. Su padre era dueño de una cadena de hoteles y restaurantes de lujo en todo Jalisco, y su madre era una mujer que siempre le enseñó:
“Quien tenga más, no debe usarlo para presumir, sino para compartir.
Isabella estudió en la escuela primaria privada Santa Catalina, donde las rejas de hierro siempre brillaban, el patio estaba impecablemente limpio y los niños llegaban en coches con chófer.
Pero cada mediodía, mientras los estudiantes se sentaban bajo los árboles a comer sándwiches, fruta y zumo, Isabella veía a un niño al otro lado de la valla.
Era delgada, vestía una camisa vieja y desteñida, tenía el pelo quemado por el sol y sus ojos miraban hacia el patio con una profunda hambre.